Cuando todo es alegría, cuando todo es felicidad y cuando las cosas van viento en popa a toda vela, cualquiera se apunta al carro y lo empuja con fuerza. Lo verdaderamente difícil es estar a pie del cañón cuando los tuyos te necesitan, cuando los que llevas dentro del corazón, a los que amas, pasan un mal momento. Con esta carta pretendo ensalzar a aquel chaval, aquel muchacho, que nunca sintió más que amor, orgullo y cariño hacia su equipo en los malos momentos.

Querido chaval:

Te vi sobre las doce del mediodía, el 16 de junio, en la tienda de regalos que hay en Aracena. La que está justo en la entrada de la Gruta de las Maravillas. Llevabas a tu espalda una mochila con un gran escudo del Sevilla FC y compraste en la tienda otro con forma de Giraldillo. No me habría fijado si  no hubiera sido porque hacía unos días tu equipo había bajado de categoría y había oído a algunos sevillistas lamentarse, pero tú no. Entraste en la tienda con la arrogancia de un vencedor, compraste tu escudo y te fuiste con la gallardía del que lleva un trofeo.

Me conmovió enormemente la actitud y la aptitud que mostraste en la tienda, chaval. Me conmovió lo rotundo de tu gesto: tan bello, tan altivo y tan elegante y recordé al Pequeño Príncipe, de A. de Saint Exupery, que amaba su rosa por encima de todo. Su rosa, como tu Sevilla FC era inconstante y le daba disgustos y, en realidad, se merecía dejarla tirada.

¡Amar por encima de las circunstancias! Por encima de las apariencias. Por encima del triunfo y del fracaso, esas dos mentiras. Amar contracorriente y, sobre todo, contra la corriente de los que sólo aman en la prosperidad. ¡Pobrecitos los que no saben de amor! 

Aquella maravillosa mañana de junio de 1997 tú, sin saberlo, me hiciste querer aún más al Sevilla FC. Si pudieras visitar mi corazón verías que tu Sevilla tiene en él una parte privilegiada que no le quita sitio a otros amores importantes de mi vida, pero que es, de igual forma, muy muy importante.

Gracias, pequeño príncipe, por tu bella, valiente y decidida lección de fidelidad hacia unos colores: el rojo y el blanco y hacia un escudo: el del Sevilla FC. Que el buen Dios te bendiga.

Hasta siempre amiguito. Un abrazo.

PD: Carta publicada en ABC en Junio de 1997

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