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Hay quien sostiene que Halloween es una vergonzosa intromisión en nuestras tradiciones mientras que el Black Friday es una magnífica oportunidad para comprar productos a precios rebajados.

No hay que ser muy listo para acabar deduciendo que esa frase es de mi cuñado, claro. Y que estás deseando que llegue el Black Friday ese de marras para que se pase todo el día por ahí comprando, ya que en cuanto regrese todo vuelve a ser Halloween… Es la única persona en el mundo a la que he visto regatear hasta en un cajero automático.

La semana pasada, y a instancias mías, acabó llamando a mi amigo Antonio para que le explicara algunas cosas básicas concernientes al Ciudad de Lucena, a la Copa del Rey y al fútbol en general. Aparte de vaciarle a mi amigo el mueble bar (que ya me ha dicho, por cierto, que me toca reponérselo a la mayor brevedad), mi cuñado ha vuelto más sevillista que el mosaico del estadio. Tanto es así que, desde aquella conversación, no hay día que no aproveche para acudir a la tienda oficial del club a hacer acopio de material aprovechando las rebajas del Black Friday, que más que un Friday (viernes) parece un lunes de lo largo que es (del 16 al 29 de noviembre…)

De momento, ya ha aparecido con la equipación oficial del año pasado, que tenía un 60% de descuento. En la camiseta se ha serigrafiado el número 10 y, en vez de elegir el nombre de algún jugador ya mítico del equipo (Banega, Reyes, Luis Fabiano…), ha querido ponerse “YO”. Por si había dudas.

También se ha comprado una gymsack (aunque le ha costado a la dependienta convencerle de que el palabro era sinónimo de “bolsa”) con el lema impreso “Nunca me rindo”, que en su caso no es sinónimo de valentía y pundonor sino de “jartible de libro”. Pura redundancia.

En días posteriores, ha ido haciendo acopio de diferentes complementos tales como unos guantes de portero, ideales para poder dar rienda suelta a uno de sus mayores vicios cuando llega el frío: comer castañas.

También ha adquirido, obsesionado con el frío que dice que está a punto de llegar, una bufanda con el lema “Sevilla 1890”, un precio que a priori le parecía excesivo pero que, “gracias a mis buenas artes regateadoras”, ha podido cerrar finalmente en tan solo 12,50€.

Más me preocupa la compra del puzle de mil piezas, pues sospecho que, por sus dimensiones una vez completado (50 x 75 cms, apenas unos centímetros más pequeño que el cuarto de baño de su apartamento), va a querer montarlo en mi casa. Sí, en la mesa que está justo al lado del mueble bar. Una sospecha más que fundada desde el momento en que me ha confirmado que no ha podido resistirse a comprar la botella termo “para los carajillos”. O sea, que lo del puzle va para largo. Conociéndole, al final seguro que le sobran piezas y, en la imagen resultante, lo más parecido que se va a ver del Sánchez-Pizjuán va a ser el Guggenheim de Bilbao.

Por último, su mejor adquisición (hasta el momento, que todavía le quedan días), precedida por un emocionado “no-te-lo-vas-a-creer”, ha sido un “Portatodo Triple que me han vendido por tan sólo 13,90€, ¿te lo puedes creer? ¡Un portatodo! ¡Y triple!”. Ya queda menos para que se plante indignado frente a la pobre dependienta para protestar porque todo, lo que se dice todo, no lo puede portar ahí dentro por muy triple que lo anuncien…

Una vez superado el trauma, no quiero ni pensar en cómo se le pondrá la cara a mi cuñado cuando llegue hasta el final de la tienda y descubra la variada y completa oferta en ropa de cama (edredones, sábanas, etc…), lámparas para la mesita de noche, cortinas, albornoces, relojes y despertadores, pijamas, zapatillas, toallas y demás imprescindibles elementos de uso cotidiano.

Tampoco quiero pensar en cómo se le pondrá la cara a mi amigo Antonio cuando descubra que es suya la tarjeta de crédito con la que lo está pagando todo.

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