Eduardo Cruz Acillona | El cristal con que se mira
Eduardo Cruz Acillona | El cristal con que se mira

Lo adelantaba mi querido Manuel Machuca aquí mismo en su columna del pasado lunes, pero la fuerza arrolladora de la personalidad del pesimista que describe lo dejó un poco en el aire. Quiero retomar el asunto yo para que nadie se lleve a engaño y esté prevenido en próximos partidos, más concretamente en el descanso de los próximos partidos.

Importada de Estados Unidos, la moda de la Kiss Cam está causando estragos, y no precisamente para bien, en las filas sevillistas. Como ustedes ya sabrán, que son gente de mundo (sobre todo desde que el Sevilla es abonado fijo de competiciones europeas), la Kiss Cam es un invento que se pone en funcionamiento en los videomarcadores del estadio durante el descanso. Alguien con muy mala leche, a quien a partir de ahora llamaremos realizador, se dedica a enfocar a presuntas parejas que, tranquilas en sus localidades, dan buena cuenta del bocata de filetes empanados de rigor. Todo iría bien si el susodicho realizador diera protagonismo a esas parejas de tortolitos que lo único que hacen por separado son algunas necesidades básicas detrás de la puerta donde pone W.C. Pero eso sería lo fácil…

No, el realizador tiene una habilidad innata para disparar con su videocámara hacia donde no debe. Así, ya ha sucedido que un hombre se haya visto en la tesitura de tener que besar delante de casi cuarenta mil personas a una joven rubia sentada a su derecha mientras su señora esposa, que dobla en edad a la anterior y está sentada a su izquierda, estampa su bolso contra la cabeza del susodicho en repetidas ocasiones, a cual más certera y violenta.

También se ha visto sufrir al incauto que, por presiones de su entorno familiar más cercano, aceptó de aquella manera invitar a su cuñado a ver un partido. La mirada de éste queriendo decir “O me regalas la botella de Chivas 25 años de tu mueble bar o te beso ahora mismo delante de todo el mundo” no la supera ningún disfraz de Halloween.

¿Y qué me dicen del fulano que lleva dos meses sin ir al trabajo por una baja que le tiene postrado en cama, doliente, sufriente y con un principio de depresión galopante?… Ese hombre no tiene donde esconderse para que no le pillen las cámaras y le vea su jefe, que tiene abono cerca del palco.

También se le ha visto al realizador, y esto ya es mala leche, dirigir su cámara a una pareja bocata en mano y carrillos llenos de tortilla de patata. Si encima la tortilla tenía cebolla, ¿de qué manera iban a besarse esas dos criaturas? Menos mal que ellos, lejos de amilanarse, le echaron lógica al asunto y se comieron mutuamente… el bocadillo del otro.

Y no podemos de dejar de mencionar a ese pobre muchacho cuyos compañeros de localidad han salido a por unos refrescos y aparece en las pantallas solo y abandonado en su asiento. Mira al videomarcador… Mira a derecha y a izquierda… Mira detrás… Y se pone a llorar desconsoladamente. Nuestra más profunda solidaridad con él, claro.

Con lo útil y divertida que sería la aplicación esa para enfocar al trío arbitral antes de abandonar el terreno de juego camino de los vestuarios. O a los miembros del Consejo de Administración antes de pasar a la zona VIP. O a los suplentes del equipo contrario que calientan en el terreno de juego. O… En fin, ahora ya saben por qué los jugadores salen corriendo hacia el túnel cuando el árbitro pita el final de la primera parte.

La Kiss Cam, mucho cuidado, la carga el diablo. No es de extrañar que, una vez que el realizador ha saciado su sádico apetito, y sabiéndose la persona más odiada de todo el estadio, programe en las pantallas de los videomarcadores el jueguecito ese de los tambores. De los tambores de guerra.

 

(N. del A.: “Besos de fogueo” es el título de un libro de relatos del maestro Montero Glez., quien reunió sus artículos de opinión sobre fútbol en “Diario de un hincha, el fútbol es así”, Ed. El Cobre, 2006)

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