Imagen del partido entre el Sevilla y el Real Madrid en el Santiago Bernabéu | Foto: Sevilla FC
Imagen del partido entre el Sevilla y el Real Madrid en el Santiago Bernabéu | Foto: Sevilla FC

En la sobremesa del próximo sábado, el Sevilla volverá a disputar un encuentro liguero en el Santiago Bernabéu. Me niego rotundamente a traer a colación las funestas estadísticas que todos conocemos de sobra en este tipo de estadios. No aportan nada nuevo, salvo ansiedad y ganas cambiar de canal hasta que acabe el dichoso trance.

Sin embargo, nada o casi nada en el fútbol es casualidad. Suele haber una explicación racional para la mayoría de las situaciones. Detrás de estos negros números, se esconde uno de los retos que el conjunto de Nervión tiene ante sí tras los magníficos años que lleva desarrollando tanto a nivel nacional como europeo: asumir que el factor sorpresa se acabó hace mucho tiempo.

Todos coincidiremos en que no se puede pretender saltar al Camp Nou, Mestalla, San Mamés, Wanda Metropolitano o al propio Santiago Bernabéu situados en la tercera o cuarta posición, con un presupuesto importante, un ramillete de jugadores internacionales, con las vitrinas del Ramón Sánchez Pizjuán repletas de recuerdos inolvidables y, al mismo tiempo, plantear partidos revestidos de piel de cordero. Partidos propios de un equipo que lucha desesperadamente por la permanencia que pide, desde que se baja del autobús, que pasen rápido las dos horas que los separan de la ducha y la ansiada vuelta a casa.

¿Por qué el Sevilla planta cara y suele someter a los mastodontes del balompié nacional en Nervión y nos ofrece una imagen tan pobre cuando tiene que jugar lejos del calor de su gente? ¿Por qué el martirio que supone a los grandes jugar en la confluencia de Luis de Morales con Eduardo Dato se convierte en un paseo militar cuando toca volver a verse las caras meses después? Creo que, como todo en esta vida, lo anterior tiene una razón de ser.

Por suerte o por desgracia, el propio crecimiento del Sevilla se ha convertido en un arma de doble filo en los escenarios más exigentes. Ahora, se le espera con ganas y el mejor once posible. Ahora, conlleva la pesada obligación de asumir su condición de visitante con caché y competir como tal, pese a que lo cómodo sería adoptar la actitud de la visita al dentista (en palabras de nuestro querido Joaquín Caparrós) y que sea lo que Dios quiera.

Decía mi admirado Enric González en uno de sus magníficos artículos que el Sevilla encontró su momento y, literalmente, se “desjodió” a principios del siglo XXI: “(…) el sábado, viendo al Sevilla ante el Athletic, me pareció que en el banquillo podían estar Caparrós o Juande: vi al mismo equipo reconocible desde hace 15 años, un equipo que se mueve como una avispa y pega como un elefante. Un equipo que un día se desjodió y se convenció de que era grande. Un misterio”. Pues bien, ese convencimiento de grandeza requiere una vuelta de tuerca más, la más difícil: competir siempre en consecuencia independientemente del escenario.

Si el Sevilla no quiere quedarse eternamente en ese purgatorio que supone estar entre lo más alto de la tabla y la mediocridad existente del sexto puesto hacia abajo, debe dar un golpe en la mesa. En caso contrario, los discursos de grandeza y crecimiento corren el riesgo de quedarse en eso, en meros discursos.

Dicen que el movimiento se demuestra andando. ¿Será por fin este fin de semana? Veremos.

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