Ey. Hablemos de vestuario. Retratemos el lugar de unión antes de adentrarnos en el campo de la victoria. Digamos que es la antesala a un esperado convite de triunfos. El refugio de lo privado, del equipo y de las estrategias más íntimas. Paredes que se llenan a base de un tumulto de indicaciones, conversaciones y bromas más deseadas. Una auténtica descarga de adrenalina. Y es que, entre risas se levantan ánimos para afrontar los intensos minutos de partido. Emergen anhelos que revisten deseos de goles, y a su vez, promulgan la unión del equipo. El triunfo en lo público, se convierte entonces en fruto de un trabajo en lo privado. De fuertes entrenamientos, cuyo propósito no es otro que establecer una mentalidad de jugador.

Pero ello, no siempre es fácil. Los miedos en vestuario, también se presentan en un abrir y cerrar de taquillas. Y cada una es especial, particular. Cada jugador conoce el trasfondo de su taquilla,  y en estas, la equipación no se constituye como esencial. O por lo menos, no en este artículo. De nuevo. Otra vez me limito a dejar a un lado lo material para hablar de lo abstracto. Y es que las taquillas están revestidas de miles de deseos, e inconvenientes. De todo un globo de afanes por llegar a objetivos específicos, que no se limitan a un simple gol. Van más allá. En un abrir y cerrar de taquillas, la superación pretender levantarse para aplastar miedos. Exigencias personales, sentimientos a flor de piel, y emociones más satisfactorias recubren el color taquillero. Pero cuidado. Parece que solemos guardar al fondo de estas, aquello que no nos gusta de nosotros. Allí. Al final de la taquilla. Donde prima la oscuridad. Para que cuando el resto de jugadores abran las taquillas de nuestras vidas, no vean tal trasfondo. Y como solución, levantamos una nueva máscara personal. Otra más a la fila. Entre aquello que se guarda silenciosamente para no ser descubierto, encuentro un miedo común al resto de taquillas. Es el prejuicio que toca fondo, es el miedo al fracaso. Y un jugador tiene la certeza, conoce y sabe, que este no tiene cabida en el campo. La inmovilidad no tiene sentido cuando se trata de vencer obstáculos. Eso es ser jugador. Existen taquillas con miedos que limitan, y otras con temores que paralizan. Existen jugadores que osan sacarlas a la luz, y otros que hacen sitio al fondo de la taquilla. Acción o inacción. Así funciona. El miedo al fracaso es absurdo cuando se trata de llegar a meta.

Debemos recalcar algo. Es necesario que nuestras manos se atrevan a tocar el fondo de la taquilla. Y de esta forma, luchar contra aquello que nos limita. Que nos paraliza. Ahí está la clave. Y pensamos que éxito y fracaso son totalmente antagónicos. Pero forman parte de un proceso común. Nadie aprender a montar en bicicleta, sin antes caerse. El fracaso también es parte del éxito. Nuestro historial de objetivos cumplidos, debería ser claro reflejo del precio de llegar a meta. Es aquí donde encontramos el esfuerzo, el deseo de continuar con valentía y a toda una multitud de superaciones. El miedo al fracaso, está más relacionado con nosotros mismos, que con la situación a la que nos enfrentamos. Está vinculado a la autoestima de la taquilla, a la percepción personal como jugadores de la vida. Es allí, en el vestuario. Lugar donde cada persona, debe sacar sus miedos y trasladarlos al campo de juego, al terreno de la lucha. Sólo en esa carrera, se logra marcar el gol del triunfo. Aquel que, en un abrir y cerrar de taquillas, crea jugadores que vencen a las rotundas parálisis del miedo.

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