Una filosofía de equipo

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Fríos salimos del Pizjuán el domingo por la noche. Y por poco no salimos helados. Hubiera bastado que una de las ocasiones del Huesca fuera para dentro antes de la que sí entró. Qué fatiguitas, y eso que fuimos al VAR dos veces en la primera parte, pero como no te sirven bebidas alcohólicas no hubo manera de calentarse. Ni salchichas hay ya.

Salimos fríos, sí, pero contentos, porque no hicimos un buen partido y ganamos.

– Estamos ya como los equipos grandes- comenté delante de la tienda oficial, iluminado por la luz roja de nuestro estadio-. Un arreón de diez minutos y el partido a la buchaca.

Jul no se puso esta vez del color de nuestra segunda equipación, sino de un azul getafense, por la bajada de temperatura que nos había reservado el cambio climático para el día después del cambio de hora. Por cierto, la hora fue lo que pedimos a gritos más de uno, porque, en esto sí, los aficionados todavía nos ponemos nerviosos como cuando éramos un equipo de mitad de la tabla. Pero la hora ya la habían dado, a las tres fueron las dos, y el Huesca nos apretó de lo lindo.

– Como hagan otro partido así, me da algo- confesó Jul, que no sabía si tenía la boca tan seca por los nervios o por el hartón de pipas que se había dado, tanto por los mismos nervios como por su especial sensibilidad a las ofertas que pregonan los vendedores (tres paquetes de pipas un euro, oiga).

Gan caminaba con ese aplomo que da regresar a casa con los tres puntos en el zurrón y ver ampliada a cinco puntos la ventaja que le llevamos a nuestro vecino nuevo, el de la manita culé, y a siete al de su primo más cercano, con el que malconvive. Y cuando Se mueve así, se gusta, y cuando va de esta forma suele declamar frases profundas, inapelables. Este domingo, además, yo me temía lo peor en caso de victoria. Como el partido fue en horario nocturno, había pasado toda la tarde leyendo a Paulo Coelho, una de las lecturas preferidas por Lopetegui antes de hacerse entrenador, y al que va a volver esta semana por tiempo indeterminado.

– Cuántas cosas perdemos por miedo a perder- señaló nuestro amigo.

– Coño, Gan, que te estás pareciendo a Quique Setién hablando, joé- interpeló Jul mientras se chupaba la sal de las pipas que se le había quedado en las uñas.

– ¿Qué dices, julay? – respondió visiblemente molesto, sin duda influido por las agresivas formas de Semedo, el central oscense-. Lo mejor del partido ha sido la fe del equipo en el sistema y en su entrenador. Siguieron jugando igual hasta que llegaron los goles. No se descompusieron en ningún momento, y eso nos va a llevar muy lejos.

– De momento, a Villanueva de la Serena- indicó Jul, que no había pillado la metáfora.

– Me refiero a la paciencia.

– Plasencia, sí, está cerca de allí.

– Ay, Jul, eres como esa gente que solo escucha lo que quiera escuchar. No pienso perder el tiempo en darte explicaciones- se quejó Gan, citando de nuevo al tocayo de Paulo Ganso, líder del Amiens- Pa-cien-cia, pa-cien-cia, que el equipo supo madurar el partido y que cayera el fruto en forma de goles.

– Pues yo estaba acojonado con el siete.

– Lo importante es que el equipo corrió riesgos, sin tener miedo a la derrota- respondió Gan con solemnidad.

– Gan, estás hoy fatal. Te estás pareciendo a Canales, vaya tío cursi.

– Es la posibilidad de realizar nuestro sueño lo que hará que la liga sea interesante.

– A ti te ha dado una bajada de azúcar, Gan. Mira que te dije que comieras pipas, pero nunca me haces caso. En cuanto lleguemos a casa te haces un bocata. Yo me encargo de los vecinos, a ver si necesitan que les eche una manita. Bueno, una manita hoy, quizás no.

Continuamos caminando a casa, Gan en su mundo y Jul mirándolo muy raro, sin hablar. Al abrir el portal de la casa, Jul no se resistió.

– Gan, para mí que tú estás poseído, como Setién.

– Solo una cosa vuelve un sueño imposible: el miedo a fracasar -respondió inapelable.

– Que te vayas a la playa.

Mientras Gan rebuscaba en la despensa y Jul se encargaba de levantar el ánimo de nuestros reales vecinos, yo me ofrecí a bajar a tirar la basura. Dude si echar el libro de Paulo al contenedor de papeles o al de residuos orgánicos.





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