Ni siquiera le ha dado tiempo a nacer al hijo de Dios (no, que se sepa Maradona no ha tenido más descendencia) y ya los mudos hablan, aunque el milagro casi haya devenido en tragedia en Butarque, escenario de tal prodigio, porque en lugar de favorecer al que recuperó la voz, lo perjudicó a él y a los pastores que pastaban con él en el paraje pepinero, que perdieron dos puntos que no fueron tres por un nuevo milagro. Manda huevos que uno que no dice ni pío acabe por llamarle caradura al jefe de los recogepelotas del recinto madrileño.
El verdadero milagro quizás haya sido otro, puesto que, con una plantilla que pincha de lo cogida con alfileres que está, hemos logrado llegar hasta aquí en tercera posición, la peor del último mes además. Enero se acerca y la cuesta que se avecina nos puede poner en nuestro lugar, porque resulta obvio que si queremos acabar en los puestos que hemos detentado hasta ahora, hay que realizar ajustes en la plantilla. Y el primero de todos, por supuesto, conservar lo bueno que tenemos, algo que nos tiene a los sevillistas de los nervios visto el reciente historial de renovaciones interruptus que lucen en nuestro curriculum. No, no hay que remontarse a la de Ivan Rakitic, basta con recordar a Vitolo, ese jugador que cada jornada calienta en la banda, o a Lenglet.
Al igual que a cualquier sevillista nos encanta que el equipo se alce con un título de vez en cuando, nos gustaría que, también de vez en cuando, nos lleváramos el gato al agua con una renovación. Y en eso, ay, hace tiempo que no mojamos. Que haya dinero para comprar jugadores pero no para renovarlos es cuanto menos curioso. Curioso, o tenebroso, por seguir con los osos, porque lo primero que se nos viene a la mente a quienes somos legos en la materia y vemos el fútbol desde la grada, es que porcentajes, comisiones y cuentas de la vieja gozan de más bolsillos donde caer cuando se trata de fichajes, muchos más que un simple aumento de sueldo a un jugador que se ha ganado en el césped, donde hay que ganarse las cosas, el ser uno de los más importantes y decisivos de este equipo. Y no solo en esta temporada, probablemente la más brillante de todas, sino desde que llegó por una suma irrisoria, a precio de fichaje de Segunda o Segunda B.
Renovarse o morir dice la frase, y mucho me temo que si la dirección deportiva no es capaz de llegar a un acuerdo con el futbolista, este acabe escapándose por la ventana de enero y nos deje helados, para, quizás, hacer titular por obligación a jugadores que ganan mucho más que él a pesar de llevar tanto tiempo arrastrando su impotencia y su historia por los terrenos de juego.
El Sevilla necesita recambios de garantías para apuntalar la defensa, el centro del campo y la delantera. Nos encantaría que la dirección deportiva fuera ambiciosa y apostara por completar una plantilla corta, en la que hay jugadores que no han ofrecido el nivel que el equipo necesita para los objetivos y sueños que han ido apareciendo. Nuestra carta de Reyes Magos a Caparros incluye jugadores y puestos con los que seguir soñando, que en definitiva no serán otra cosa que melones por calar, que tendrán que adaptarse y que podrán cuajar, o no, porque el fútbol tiene esas cosas.
Pero renunciar a Pablo Sarabia es apostar por la mediocridad, por ser un equipo en permanente compraventa. Sí, es posible que, en tiempos de representantes que calientan la cabeza a sus jugadores, haya cantos de sirenas que tienten al futbolista a bajarse del barco. Si es así lo tendremos difícil, aunque la pregunta sería si tendríamos que haber llegado hasta aquí.
Ojalá se produzca el milagro, y al igual que los mudos hablaron, de más, en Butarque, pronto, o sea, ya, se nos anuncie la renovación del futbolista madrileño. Sería un magnífico regalo de Navidad para todos.

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