Todo fue por culpa de las pipas

Todo fue por culpa de las pipas

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Quién me iba a decir que me tendría que enfrentar dos semanas seguidas al reto de escribir este artículo sin ayuda de Jul y Gan. Sí, queridos lectores, los vecinos. Otra vez la han hecho. Esta vez no ha sido un intento de suicidio colectivo propio de una secta diabólica, como el que trataron de perpetrar la semana pasada el perro Hulio y los primos, sino algo mucho peor, o más desagradable al menos, porque las disputas dentro de la familia, salvo en Navidades, que son más que justificables, inevitables diría yo, son difíciles de entender si no hay una herencia de por medio.

Jul estaba con la mosca detrás de la oreja desde que Williams nos sacó los colores en lugar de sacárselos él. En contra de lo que nos temíamos, un silencio sepulcral se expandía desde el otro lado del tabique, atravesaba las rendijas de puertas y ventanas e inundaba el ambiente. Era un sopor tenso y espeso que nos desconcertaba. No había fiesta por nuestra derrota, y eso nos confundía, porque ellos son más de celebrar nuestras derrotas que sus victorias. Nervioso, sin saber a qué atenerse, salió al pasillo que conectaba con el apartamento de los primos. El silencio le erizó el vello y le recordó la cita de hoy en la peluquería. No, no podía perder la oferta de láser que había suscrito en No+Osos. Por un momento se preguntó si las dos sesiones que le restaban serían suficientes para que no se le volviera a erizar, porque aún quedaba toda la segunda vuelta de la liga y esta tensión podría volverse a repetir.

            ― A estos tíos les pasa algo ― murmuró al cerrar la puerta de un portazo seco, cuyo inquietante eco se propagó por el bloque.

            Reconozco que ni Gan ni yo le prestamos demasiada atención. Williams nos había dejado bien chafados. Aunque el Athletic es para nosotros un modelo de club que envidiamos, con jugadores de la cantera o nacidos en la tierra, cualquier derrota duele. Tratando de hacer cambiar de humor a mis compañeros de piso, recordé la deportividad con la que los aficionados bilbaínos se tomaron la eliminación de la Europa League en los penaltis.

            ― Si hay que perder, mejor es hacerlo con un equipo de señores como este― me atreví a decir.

            Ninguno de los dos me hizo caso. Quisiera pensar que se debía a la derrota, pero, si les soy sincero, soy consciente de que nunca han prestado atención a ninguno de mis comentarios ni a mis canciones en la ducha. Es más, ni siquiera leyeron el artículo de la semana pasada en La Colina de Nervión, por el mero hecho de que ellos no eran sus autores intelectuales.

            El silencio se nos contagió en casa. Solo los ronquidos de nuestro perro Coke, al que no le afectaban tanto las derrotas, rompía de vez en cuando la monotonía. Un anuncio de pipas en la televisión, protagonizado por un antiguo jugador verderón transmutado en merengue, que anunciaba el partido que enfrentaría a los equipos de los primos, nos despertó de nuestro sopor.

Ahora que chupo tanto banquillo, 
el tiempo pasa como un rayo,
y disfruto como un chiquillo
tomando Pipas Ceballos.

No sé si están de acuerdo conmigo, pero hay publicistas que no sé dónde estudiaron. Un reclamo publicitario tan malo como este no hizo sino acrecentar los malos augurios que desasosegaban a Jul.

            ―  Los primos me tienen preocupado, esto va a acabar mal― insistió.

Apagamos el televisor en vista de que era imposible que sucediera lo que todos deseábamos, que perdieran los dos. Ni siquiera miramos el Twitter para saber cómo iba el partido. Cuando nos íbamos a acostar, un tumulto, unos gritos barriobajeros rompieron el silencio.

Una vez más, el escándalo venía de la casa de en frente y, una vez más, Jul destrozó la puerta nueva que acababa de pagar el seguro de la casa. Esta vez imitó a Williams, corrió el pasillo por la izquierda, dribló al perro, que había salido a la puerta, y pateó con la diestra como si no hubiera un mañana.

Un reguero de cáscaras de pipas casi nos hace caer al entrar como balas en terreno contrario. Tenían el suelo como el banquillo merengue después de la última adquisición sevillana. Ambos primos, furiosos, se agredían como barras bravas. Jul miró a un lado y a otro por si en la casa hubiera instalado un VAR y nos dijera qué hacer, pero, ante la posibilidad de que pitara a favor del primo madridista, se abalanzó a separarlos, con tan mala suerte de que resbalaron con las cáscaras, cuyo ADN señaló después que habían sido pipas chupadas por el primo del pueblo. El resultado fue un doble Gonalons en los primos: fractura de peroné con indicación de intervención quirúrgica. Jul se salvó al caer sobre el primo merengue y, aunque le dio mucho asco, no le pasó nada. Y otra vez para el hospital. A pesar de que han pedido perdón, les van a caer cuatro partidos de sanción y yeso por lo menos.

Y yo, como la semana pasada, de nuevo escribiendo. Iba a escribir sobre lo bien que me caen los leones, a pesar de que nos hayan comido desde la melena hasta la cola, como ha recordado Pablo Sánchez en otro artículo, pero otra vez me ha pasado lo mismo que hace siete días. No aprendo. Y el sábado que viene, el Madrid, que jugará con doce y el VAR. Ay, Mateu, ten piedad de nosotros.





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