"Jul y Gan" | La opinión de Manuel Machuca

La exhibición de la segunda parte del partido frente a la Real Sociedad, dicen algunos expertos que la mejor desde los años de Juande Ramos en el banquillo, ha venido a despejarme ciertas dudas y a cambiar de opinión, lo reconozco, respecto de nuestro entrenador. Sí, yo era de los que pensaba que la era Machín estaba a punto de caducar, que su obcecación, su falta de alternativas en el sistema de juego, en definitiva, sus carencias como técnico, iban a dar al traste con su ascendente trayectoria como entrenador, y que con ella arrastraría a nuestra entidad a niveles de los años 80 del siglo pasado. Había perdido la fe, y más cuando acá en Uruguay me entero de que llegamos al descanso con un triste empate a uno.

Otro disgusto más, pensé mientras trabajaba con mi compañero de fatigas sevillistas Joaquín DHoldán, el mismo que el jueves pasado me anunciaba en el teatro en el que trabajamos estas semanas el gol que marcamos al Slavia a los veinte segundos y que, sin embargo, no pudo impedir un resultado tan pobre como el que se obtuvo el pasado jueves en nuestra bombonera de Nervión. Qué tristeza dan nuestras decepciones, y qué desconsuelo el conocerlas tan lejos de casa.

Y se obró el milagro. Un primer cuarto de hora con tres goles y dos ocasiones clamorosas dieron la vuelta a la situación y me hicieron recobrar la confianza. Y no fueron solo los goles los que me dieron la vuelta como un calcetín, sino la constatación de que el equipo, los futbolistas, no habían perdido la fe en el sistema ni, por tanto, en el entrenador.

No sé qué pensarían en la planta noble del Sánchez Pizjuán en el descanso, pero era muy posible que en ese momento estuviésemos ante los últimos 45 minutos del entrenador soriano al frente del primer equipo. Al proyecto le quedaban tres cuartos de hora, a menos que quienes tienen la última palabra sobre el terreno de juego demostrasen que seguían creyendo en él. También a Unai Emery, el de las tres Europa League, le había sucedido algo similar, también su contrato pendió de un hilo antes de llegar a alcanzar la gloria, y fíjense lo que vino después. Pero hubo fe sobre el césped entonces y la hubo ahora.

Si he terminado de convencerme, si he recobrado la confianza en el equipo ha sido porque los jugadores no la habían perdido, y esa es la clave para la recuperación. Que la reacción haya llegado en la segunda parte de un partido exigente es prueba palpable de que lo que sucedía, o de lo que sucede aún, no es tanto una cuestión física como mental. La cabeza, esa que hace ganar o perder en tantas ocasiones, era la que estaba fallando, y ojalá que esta victoria sirva para volver a recuperar la cordura, la furia y el espíritu inasequible al desaliento. Volver a ser una máquina bien engrasada, la de la primera vuelta, la máquina de Machín.

El partido frente a la Real Sociedad ha sido un aldabonazo, pero el jueves en Praga, y el domingo en Barcelona, llegan unos días señalados en el calendario, sobre todo por la infame trayectoria de estos dos últimos meses, que podrían hacer cambiar la trayectoria de manera definitiva. Si el Sevilla fuese capaz de ganar en ambos partidos, el sueño de volver a la Champions dejaría de ser una quimera.

Soñemos. Soñar es el primer paso para convertir el deseo en realidad. Soñemos con que no es demasiado tarde para nosotros. Praga y Barcelona son las plazas donde remontar el vuelo. En el Sánchez Pizjuán tuvimos tres cuartos de hora para decir sí, nosotros podemos. Ahora son noventa los que restan por delante en la capital de Chequia, para convertir en anécdota ese gol de chiste que nos metió un jugador que no sabía ni siquiera por dónde quedaba la portería.

Al igual que el domingo nos la jugamos en menos de una hora, llegan los días en los que no hay más remedio que dar un giro a nuestras vidas lejos de nuestro barrio. Ojalá que la máquina de Machín no se oxide como otras veces cuando la llevamos de viaje. Es tiempo de luchar. De dejarse la piel. De creer. De volver.

En Montevideo estamos expectantes.

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