Puede que me columpie en el caso de que ganemos al Bayern, donde no ha ganado nadie según publicaba ayer nuestra revista. Incluso podría ser que diésemos la campanada en Feria ganando la Copa del Rey al equipo que todavía no ha perdido en Liga y que se pasea por la Champions. Asumiré el riesgo.

El Sevilla ha dejado de ser un equipo de fútbol y se ha convertido en una banda y, además, sin orgullo. El bochornoso espectáculo que hemos dado en Vigo, el de Leganés, el de Moscú, el de Eibar, el de… Y digo que lo hemos dado, porque el bochorno lo pasamos nosotros, quienes amamos el escudo y lo que representa, quienes creímos que podríamos perder, porque perder pierden todos los equipos, pero no sin dignidad.

Un equipo de fútbol lo constituye un grupo de futbolistas que lucha y compite por un bien superior, no solo con sus cualidades técnicas o físicas sino con solidaridad, esfuerzo, compañerismo. Juega, además, todos los partidos con el mismo espíritu, porque lo colectivo está por encima de lo individual, y no solo aquellos que sirvan para que algunos se pongan en el escaparate. ¿Es el Sevilla de esta temporada un equipo? No.

El mal ambiente se intuye nada más ver cómo juegan, y cuando pasa esto, la responsabilidad trasciende los jugadores, con un entrenador que en ningún momento ha sabido manejar el grupo, condenando al ostracismo a la mitad de la plantilla, haciendo su propia caza de brujas interna y, lo peor de todo, con un resultado de lo más nefasto, porque no ha servido sino para que veamos lo que no acontecía desde la época de Rodríguez de Caldas, Colusso, Peyrano y demás compañeros que tanto nos martirizaron hasta caer a segunda con estrépito.

Y ahora nos volvemos a ir a segunda sin remedio. A otra segunda división, porque el crecimiento que ha habido durante estos años aún resiste. A segunda, o sea, fuera de Europa, porque para la verdadera ya no da tiempo. Y si por cuestión milagrosa nos clasificamos para la Europa League, habrá que decir que volvemos a la segunda división europea. La dirección deportiva, y las más altas esferas, si no ponen pie en pared y toman cartas en el asunto para resolver el desaguisado, ha demostrado su incapacidad para formar un equipo (un equipo, insisto) que sepa jugar al más alto nivel. Que pasemos en la Champions o ganemos la Copa del Rey serían meros espejismos. Me tendría que meter la lengua en un orificio maloliente, pero no arreglaría nada, porque hay mar de fondo y lo único que se conseguiría sería posponer la necesaria llamada a Lipasam.

Lipasam tiene una ardua tarea de limpieza en el club, empezando por los despachos, siguiendo por el banquillo y acabando por el terreno de juego. Habrá que pagarles horas extra, pero será el mejor dinero gastado de la temporada (lo cual tampoco es tan difícil, porque vaya derroche, como el que se produjo con el imitador cafetero de Ronaldo Nazario, por señalar al más gordo, me refiero al gasto).

 Y solo ruego que no comiencen a calentarnos la oreja con rumores de fichajes para la próxima temporada. Por favor, que el que ficha, no fiche más, por Dios. No son tiempos de fichajes sino de limpieza, de recogida selectiva, no hay otra. Porque en un año se puede destrozar gran parte, pero no todo, del legado recibido. Pero en dos, son capaces de hacernos añorar los tiempos del novio de la Mazagatos y que nos ponga otra vez “en el candelabro”.

Sevillistas, ojo avizor en esta Feria. Como veáis a José Antonio Camacho en algún coche de caballos, empezad a sospechar que nuestra cuesta abajo puede no tener fin y que regresan tiempos peores.

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