Rosa Cobo, antigua profesora de Derecho en la Universidad de Sevilla, me dijo un día que las personas éramos de dos tipos, las que vivíamos con la flecha hacia afuera y las que lo hacíamos con la flecha hacia adentro, y estoy de acuerdo. Hay seres humanos que analizan el mundo en función de sus circunstancias personales, de lo que les interesa o les importa, al igual que los hay que tratan de tomar sus decisiones, como votar, por ejemplo, de acuerdo a lo que estiman que es el bien común. Y esto, que vale para cada uno de nosotros de forma individual, también se puede extrapolar a lo colectivo. Por ejemplo, el “America first” del ínclito Donald Trump, las políticas migratorias de la Unión Europea, con Matteo Salvini a la cabeza, y tantos y tantos ejemplos de diverso tipo sobre los que pudiéramos elucubrar. Y es que los seres humanos somos una especie que vive en manada, nada de animales solitarios, y por ello tenemos diversas organizaciones en las que nos agrupamos, como la familia, la ciudad, el estado… Y también, el equipo de fútbol que amamos.

En esto de vivir con la flecha hacia adentro o hacia afuera puede haber mucho autoengaño al confundir nuestros intereses particulares con los colectivos. Sin embargo, cuando nos agrupamos en una determinada organización, una actitud que en principio es de flecha hacia afuera, con frecuencia acabamos protegiendo el interés del colectivo y virando el sentido de la flecha. Son entonces, los intereses particulares de la organización y no el bien común de todos lo que se persigue. La política actual, el nacionalismo, desde sus visiones más estrechas del terruño hasta las más amplias del estado o la organización supraestatal, son buenos ejemplos de flechas que se invierten. Y, claro, cuando las flechas se tornan hacia nosotros, además del daño que nos produce, se convierte en enemigo todo el que se haya quedado fuera de nuestro propio círculo.

¿Y qué tiene que ver esto con el título del artículo? Pues a estas alturas no estoy muy seguro de que se me haya ido un poco la olla al escribir, aunque no pienso borrarlo porque creo que es algo sobre lo que deberíamos pensar. Sí puedo decir que me acordé de las flechas el día en el que Pablo Sarabia se despedía de la afición para fichar por el Paris Saint Germain. Nos duele mucho que nos quiten un jugador de los buenos como él, cuya carrera futbolística ha sido darlo todo por los equipos en los que ha jugado y progresar año a año gracias a su talento y su esfuerzo por mejorar. Nos duele que se vaya, aunque al mismo tiempo nuestro equipo traiga a jóvenes promesas de otros equipos o compra futbolistas en el mercado a equipos que no pueden igualar nuestras ofertas. Hacemos lo que nos hacen, pero no decimos nada al respecto. Nos quejamos, y con razón, sobre la forma en la que algunos futbolistas se marchan y, sin embargo, ni sabemos el estilo de despedida de los que vienen.

Quizás sea eso, el estilo, lo que marca todo. Aquellas formas en las que huyó Vitolo, que hoy se vuelven como un efecto búmeran contra el Atlético de Madrid, probablemente el equipo con menor estilo junto a su paisano de la Castellana, con la huida de Griezmann. Aquellas formas, decía, tan diferentes a las de Pablo Sarabia, todo un señor al irse, lo cual agradeceremos los sevillistas aunque nos duela su marcha.

Cuando se da la cara, cuando se explican las legítimas razones y el derecho a equivocarse que cualquier ser humano tiene en la vida, no nos queda otro remedio que aceptar. Sarabia podría haberse ido sin más y no quiso hacerlo. A sus veintisiete años es lícito y razonable que quiera explorar sus límites. Y a mí solo me queda desearle que los límites deportivos, y no solo los económicos, estén mucho más lejos de los que mostró aquí. Vitolo Machín, Kevin Gameiro o Pablo Sarabia dieron muchísimas jornadas de gloria al Sevilla, pero solo uno de ellos nos respetó a los aficionados.

Ojalá que Pablo vuelva al Sánchez Pizjuán en competición oficial. Ojalá le ganemos y ojalá llegue el día en el que nuestro club sea tan grande que deje de ser un club de paso. Y mientras eso ocurre solo me queda decirle gracias, Pablo, por tantos momentos de alegría que nos diste. Hasta siempre.

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