Ya lo dijo una de mis filósofas de cabecera, la gran Lola Flores. Además, todos lo sabemos, si importante es llegar a los sitios, más importante aún es saber irse. No sé a ustedes, pero en lo que a mí se refiere, en estas fechas veraniegas con tantas idas y venidas, me resulta más importante leer, escuchar, a quien se va que al que acaba de llegar. Puedo imaginar lo que en una rueda de prensa Guido Pizarro o Luis Muriel declaren a su llegada: «el equipo de mis sueños»; «ya me han hablado de la rivalidad que existe en la ciudad»; «quiero ganar muchos títulos con esta camiseta»… (nihil novum sub sole). Quizás me interesa un poco más, por haber sido un viaje de ida y vuelta, lo que pueda decir Ever Banega, en cuya carrera el Sevilla va a ejercer de fontanero por segunda vez; pero mucho más importante en mi caso ha sido haber escuchado a Vicente Iborra. Y siento mucha, pero mucha curiosidad por conocer la forma en la que se vayan a ir algunos. ¿Por qué?

Cuando un futbolista llega, lo hace porque supone un salto, al menos un giro, en su carrera. Jugador y club encuentran un punto en común para crecer juntos, bien porque este nexo de unión supone corroborar una línea ascendente, bien porque se está a tiempo aún de que un estancamiento en la carrera pueda resolverse para retomar la senda perdida de los éxitos. En ambos casos, existe una sinergia de intereses. Pero…

En un club como el Sevilla, instalado en la clase media alta por decirlo en términos modestos, que aspira a ganar la Liga de los posibles ―en la que no cuentan los niños malcriados y llorones que dominan televisiones estatales y tienen atestados los juzgados―, la capacidad económica se ve muy limitada, y del Sevilla para abajo aún más, porque parece que en este país que el Madrid o el Barça ganen la Champions es una cuestión de estado. Ya saben, ese estado al que llaman España, pero en el que los que no somos ni de Madrid ni de Barcelona, como ha mencionado el gran Manu Sánchez, sólo tenemos la función de atenderles en sus necesidades. Y mientras el escenario sea el que hay, comprar con ilusión y vender con tristeza será nuestra forma de manejarnos en este negocio.

El año pasado reconozco que me molestó el recibimiento que se le hizo a Kevin Gameiro cuando regresó al Sánchez Pizjuán vestido con la casaca colchonera. No entendía que a un jugador que había marcado tantos goles para el Sevilla, que había sido tan rentable económica y deportivamente, se le recibiera de esa forma, tan diferente, por ejemplo, a la acogida que año tras año se le hace a Ivan Rakitic, por ejemplo. Sigue sin gustarme pitar a cualquier jugador, pero sí que he comprendido que para quienes no participamos de las rentas de este negocio, siguen vigentes valores y sentimientos que recibimos cuando aún carecíamos de uso de razón, y que, por tanto, no se compran, ni mucho menos se venden.

Habrá jugadores como Iborra, como Rakitic, como Coke, como tantos otros, que se han ido, que no sabemos si algún día volverán, pero que siempre formarán parte de los nuestros. Los aficionados podemos llegar a entender las motivaciones de un futbolista para marcharse; lo que nunca entenderemos es que busquen la gatera para hacerlo. Y no importa que lo hayan dado todo por el club, porque también el club lo ha dado por ellos en justa reciprocidad.

Sí, muchachos, el dinero es importante. Sí, también la gloria, los títulos, el haber vestido la camiseta de alguno de los llorones. Pero creo que algunos estáis empezando a comprender que un día se os acabará todo, que pasareis poco a poco al anonimato, que se os arrugarán los tatuajes, y tendréis que vivir de lo que vivimos los demás: de nuestra dignidad. Y, ay, esa no la negocia vuestro representante.

Ojalá ese arrepentimiento que hoy se atisba en algunos sea verdadero. No porque un día llegue el momento de irse, sino porque hay que hacerlo con la cabeza bien alta, como se merecen los aficionados que han disfrutado con vosotros, y como se merece vuestra trayectoria.

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