Eduardo Cruz Acillona | El cristal con que se mira
Eduardo Cruz Acillona | El cristal con que se mira

“Me han dicho que el amarillo / está maldito pa los artistas…”

Tengo en la cabeza esta canción desde que el 3 de septiembre falleciera en Cádiz el autor de su letra, el gran Manolo Santander, chirigotero y cadista. Una letra que nació para ser cantada como pasodoble en Carnaval y que, apenas un cuarto de hora más tarde, ya era bautizada en la Viña como el Himno oficioso del Cádiz de sus amores. Todos los que escribimos letras para el Carnaval (y el dios Momo me libre de compararme con don Manuel Santander) siempre soñamos con que nuestras obras traspasen las fronteras del concurso y el público las haga suyas, como una canción del verano capaz de sobrevivir a los siguientes inviernos.

No hay nadie en todo el Carranza que no se sepa la letra y que no la cante al comienzo de cada partido. Es su himno, es la música de sus colores. Es, me atrevería a decir, la banda sonora de sus vidas. Estoy convencido de que a más de uno y a más de mil les ha servido esa canción para subir la moral en momentos de dificultad, incluso fuera del estadio, en la cancha del día a día, donde un fuera de juego es un desahucio, una expulsión una visita a la oficina del Inem y un penalti lo que decía la vecina que le pasó a la fresca de fulanita de tal…

Y es que cuando un himno se hace popular, cuando lo de menos es ya la autoría del mismo, porque pertenece a todas las gargantas que emocionadas quieran cantarlo, ese himno ya empieza a rozar el honorable e inconmensurable título de ‘inmortal’.

Así ha pasado también, y lo hemos escuchado estos días en un par de ocasiones, con el himno de España. No cuajó en su día la versión oficial, aquella de “Viva España / alzad los brazos, hijos del pueblo español / que vuelve a resurgir”, quizás porque recordaba a aquel Baile del Gorila (“Los brazos hacia arriba, / los brazos hacia abajo, / somos los gorilas: ¡Uh, uh, uh!”), de nuestra paisana de Dos Hermanas Melody… Tampoco llegó a cuajar, aunque tuvo su apogeo en patios de colegios e institutos, aquella versión infantil que señalaba que Franco tenía las posaderas de inmaculado color gracias a una eficaz marca de detergente que utilizaba su mujer…

Sin embargo, fue el pueblo llano y sabio el que quiso hacer suyo el himno con una letra que verdaderamente nos representara a todos, que no permitiera peros ni excusas para no ser entonado con fervor patrio y representara con dignidad y orgullo ese apelativo ganado a pulso partido a partido de “la furia española”. Y así quedó, para el resto de los tiempos, ese bravo “Lo lo, lo lo, lololo lolololo lololololó…” que a ver quien es el guapo en cantarlo sin emocionarse y sin abrazar al compañero de al lado al finalizar el último “lo”.

Tratándose del himno nacional y de la selección, parece sencillo admitir esa unanimidad. Lo que resulta más increíble es que esa misma afinidad se dé en parecida escala con el himno de un equipo. Da igual que seas un aficionado del Barça, del Valencia, del Depor o del Fuenlabrada. Como te entren por el oído los sones asociados a las palabras “Cuentan las lenguas antiguas…” a ti se te ponen los pelos de los brazos como espadas. Y no es que lo diga yo, que también, sino aficionados del Barça, del Valencia, del Depor y del Fuenlabrada. Para un verdadero amante del fútbol, debería ser obligatorio, al menos una vez en la vida, asistir en persona al Sánchez Pizjuán a escuchar el himno del Arrebato en boca de cuarenta mil personas, bufandas en alto. Y luego, si tienes narices, aseguras que no te has emocionado, que es que te ha entrado algo en el ojo.

Cómo no será que, en las retransmisiones televisivas, cualquier locutor de televisión calla para que se escuche con total nitidez y el sonido traspase la pantalla del televisor de cada casa. Cualquier locutor, salvo los de Antena 3, claro, que ellos son más de comentarte hasta el último detalle de la ficha técnica de la película que emitirán a continuación del partido y no callar hasta que finaliza el himno y el árbitro da el pitido inicial…

El señor Francisco Javier Labandón Pérez, después de tamaña genialidad, ya se puede morir tranquilo. Algo que no le deseamos en absoluto pues nos van a faltar días en este y en los próximos siglos para darle las gracias por lo que ha hecho por el Sevilla,  por el sevillismo y, lo que viene a ser igual, por el Fútbol con mayúsculas.

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