Desde hace años, les explico a mis alumnos, compañeros de profesión, que estas, las profesiones, son construcciones sociales, artificios que creamos para resolver un problema que tenemos o para avanzar en el desarrollo del ser humano, para contribuir a nuestra felicidad, en el sentido más amplio de la palabra, el de hacer un mundo más justo para todos. Todas las profesiones son dignas, ninguna vale menos, todas cumplen su función, alguno de ellos, por cierto, bastante desagradable pero que hay que hacer.

            Pero cuando las profesiones no avanzan, o dejan de cumplir un servicio a la sociedad porque los avances tecnológicos las superan, cuando se convierten en un lastre antes que un beneficio, la sociedad las elimina. Sin anestesia, por muchas resistencias que pongan, al final acaban sucumbiendo si no son capaces de transformarse.

            Por ejemplo, alguien habrá oído hablar de los serenos. Eran unos señores que deambulaban por las calles haciendo labores de vigilancia en la zona y de tenencia de llaves de las viviendas cuando estas tenían un tamaño y un peso considerable y no eran como para llevarlas amarradas a los jubones. Nadie ganaría suficientes maravedíes como para renovar tanto jubón destrozado por el peso de una llave antigua ni llavero que la soportara, y más de uno habría caído detenido por la policía cuando del jubón destrozado emergieran las partes pudendas del propietario, no importa si esto fuera motivo de risa o de admiración envidiosa.

            Aquellos serenos se transformaron en porteros cuando la tecnología avanzó como para que cada cual llevara las llaves de su casa en el bolsillo, sin temor a que se le rasgaran los pantalones ni a ser denunciado por exhibicionista. Los porteros y porteras fueron unas figuras sociales importantes a mitad del siglo pasado, a tal punto que se hicieron no pocas películas en las que jugaban un papel estelar, que encumbró a actrices como Rafaela Aparicio y a otros actores andaluces, porque es de todos conocido que a los andaluces y andaluzas nos van como anillo al dedo los papeles de chachas y porteros, no en vano somos las chachas y los porteros de las fronteras del sur.

            Esos porteros y porteras sabían todos los chismes del vecindario, de ahí alguno de los significados de la palabra de la que se hizo eco la Real Academia de la Lengua, e incluso se convirtieron en más de una ocasión en agentes de la propiedad inmobiliaria de bajo coste, al conocer no solo la situación económica de ciertos inquilinos sino su disponibilidad a vender su inmueble.

            Pero la tecnología avanzó y los porteros, y las porteras también, debieron abandonar el palomar de la azotea en el que vivían, para acabar estampados en las fachadas de las casas, transformados en botoncitos de complejas conexiones eléctricas que permitían a la comunidad ahorrarse su sueldo y no pocos chismes, aunque perdieran a un agente inmobiliario inigualable. Acabaron robotizados, convertidos en porteros electrónicos, y hoy apenas quedan algunos, la mayoría de las veces como figuras decorativas que contribuyen a dar prestancia a una comunidad de propietarios, o como fontaneros de ocasión para las averías urgentes.

            ¿Por qué este preámbulo tan largo? Porque lo que me pregunto es sin son necesarios los árbitros en el fútbol, si no debería eliminarse esa figura humana, y como tal, susceptible de meter la pata y de otros defectos, como el narcisismo patológico de algunos, que pretende ser protagonista por encima de quienes únicamente están legitimados para hacerlo: los futbolistas. Los futbolistas son el centro de este deporte, los que juegan y se la juegan en cada balón dividido, que, por cierto, son todos. Los demás, salvo los entrenadores y la sufrida afición, somos parásitos: árbitros, directivos, periodistas, vivimos o malvivimos a costa de los deportistas. No digo que a veces no seamos necesarios, pero muchas veces no, y más si en lugar de aportar hacen daño o contribuyen a la cronificación de la injusticia.

            No es justo que el noble esfuerzo por vencer de veintidós futbolistas quede en manos de gente cuya forma de entender e impartir justicia a veces queda muy lejos de la misma. No fueron los penaltis, es la forma de intimidar. No fue el reglamento, fue la forma de interpretarlo; no es que árbitro y VARillero fueran de la ciudad del equipo con manifiestos conflictos de interés contrarios a uno de los contendientes, es que no hay necesidad de llegar a esto y más cuando hay mejores alternativas, libres de sospecha o de justificación.

            A veces, por introducir la frase de alguna forma, cuando en realidad me gustaría escribir siempre, la liga española no solo no me parece la más grande del mundo, esto no es más que un manido eslogan, sino que se asemeja más a una mentira al servicio de los intereses políticos y económicos de los poderes de este país, representados por Tebas, Pérez o Bartomeu, con la imprescindible colaboración de escuderos histriónicos que no encontrarán más elevado representante que ese trabajador del silbato con la hoz pero sin el martillo. Algo muy antiguo en este país, ya lo dijo el Cantar del mío Cid, nunca habría mejor vasallo si hubiera un gran señor.

            Como en aquella ocasión en Mallorca, Valencia se interpone en los sueños del Sevilla. Aún quedan puntos para lograr el objetivo, pero puede que lo sucedido tan solo haya sido una advertencia. Que en este país manca finezza, y que como levantemos mucho la voz, es posible que Castro se encuentre la cabeza del caballo bajo las sábanas.

            Ay, si Andalucía se levantase. Otro gallo nos cantaría, y no este afónico, al que nadie presta atención. Pero, por ahora, lo único que ha hecho ha sido levantar la Vox y ganar Operación Triunfo. Y así nos va.

Dejar una respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here