Esta ha sido una semana de transición. Parece que los dirigentes se han dedicado a hacernos el cuerpo. A hacernos el cuerpo de que dos de los mejores se nos van a ir. A hacernos el cuerpo de que a los nuestros tan solo los conoceremos a principios de la temporada porque llevan nuestra camiseta. Por cierto, ¿cómo será la nueva?

Ahora que percibimos cómo se desmantela el equipo; ahora que nos hacemos a la idea de que a nuestro miarma lo van a empezar a llamar myweapon en Inglaterra; ahora que los periodistas del régimen en papel nos recuerdan una y otra vez el negocio que va a ser vender por la mitad de lo que vale a Sarabia, sencillamente porque nos costó la mitad de la mitad de lo que valía porque su equipo acababa de descender, o que la operación de venta de nuestro máximo goleador será rentabilísima; ahora que solo nos queda, y menos mal, un león de la isla como esperanza ante la revolución que nos aguarda, solo nos resta confiar en su pericia.

Pronto vendrán un par de fichajes nuevos que nos ilusionen de cara a la renovación de abonos, las nuevas indumentarias, las colas en el estadio… Volver a empezar. Retomar la ilusión por una nueva temporada. Olvidar sinsabores, porque así es el amor irrenunciable; perdonar, volver a soñar, sabiendo que muchas veces los sueños de este equipo se hacen realidad. Terminar por convencernos de que esto es así, que los seguidores merengues pueden pedir a gritos a Mbappe o los blaugranas a Griezmann, pero que lo nuestro es vender lo más caro que podamos y fichar a gente con proyección que a veces se proyecta y se estampa contra un muro y otras engrandecen nuestro club hasta que… haya que venderlos y subir de nuevo en una noria que ya la hubiera querido Sergio Ramos para su boda.

Muchos vinieron que con mucho dolor se fueron y jamás pasó nada. Jamás pasó hasta que el que se marchó fue Monchi. Entonces sí que supimos que eso de que nadie es imprescindible no era un refrán cierto. Que sí lo fue con Rakitic, Vitolo o Gameiro, con entrenadores y presidentes, pero no con nuestro león gaditano. Y al fin ha vuelto. A su casa. Y ahora soñamos con que quien ha regresado sea el que conocimos, el que se ha demostrado que era piedra angular de cualquier proyecto aunque no siempre acertara en los fichajes, porque nuestra economía nunca dio para fichajes infalibles.

Monchi ha regresado y viene con confianza y con decisión. Y eso es muy positivo. Si no hubiera venido así, no hubiera sido capaz de fichar a un entrenador que ha generado inquietud y diversidad de opiniones. Y tras dudas y no pocas protestas en las redes sociales, los sevillistas hemos cerrado filas con él. No podría ser de otra forma.

Yo vengo de una generación en la que los futbolistas pasaban muchas temporadas en los equipos, en los que los jugadores de la cantera eran la base de las plantillas. Hoy anhelamos que a Jesús Navas lo acompañen Bryan Gil y Carlos Fernández, que Curro dé la talla o que el retorno de Luis Alberto no sea imposible como parece. Que hasta Rakitic haga las maletas y vuelva a su casa, porque esta es la casa de nuestros hijos y nuestros cuñados, y Rakitic es nuestro cuñado porque está casado con una sevillista. Pero también sabemos que no podemos encariñarnos mucho con los jugadores porque estos vuelan o, como este año parece, hay que abrirles la jaula para que salgan.

Hoy debemos buscar las referencias en otros lugares como en los despachos. Y hacernos a la idea que el Sevilla es la camiseta y el escudo, que el presente es lo único que existe y que el futuro nadie lo conoce. Que a los jugadores solo se les puede pedir la lealtad del día a día, la profesionalidad en defensa de nuestros colores y que, estando el mundo como está, salir es una opción más que probable, aunque siempre haya estilos y formas de marcharse de los sitios.

Habrán reconocido que este es también un artículo de transición, de espera. Y también, por qué no, de quimeras. A nadie se nos puede prohibir soñar, y menos a un sevillista que ha logrado ver lo que jamás imaginó que pudiera traspasar el acantilado de los sueños.

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