Sí, ya lo sé, todos los futboleros tenemos una selección en la cabeza. Parece como un derecho fundamental a ejercer en la barra del bar mientras desayunamos junto al resto de seleccionadores del barrio. Una conversación de estas características se hace crónica a lo largo de cualquier temporada futbolera, pero se agudiza hasta límites extremos conforme se acerca una competición de alto rango. Acabada la liga, con dos partidos de clasificación para el campeonato europeo, y a falta de que la rumorología sobre fichajes y descartes se constituya como único tema de conversación, me gustaría dedicarle el artículo a la ausencia de Pablo Sarabia en el equipo nacional. Y quiero hacerlo antes de que pueda acaecer un vitolazo, y que de héroe pueda pasar a endemoniado para negar todo lo bueno que el jugador madrileño ha hecho cuando se ha enfundado nuestra camiseta.

Este puede ser un artículo dedicado a Pablo Sarabia, pero también podría serlo a tantos otros jugadores que destacaron en el Sevilla a lo largo de los años y jamás pudieron defender la escuadra nacional, o que la defendieron a cuentagotas, aunque también podrían incluirse muchos otros jugadores de otros tantos equipos que quedaron lejos de los focos. Y en sentido contrario, también podría referirse a esos otros futbolistas que por el mero hecho de estar donde están son seleccionados con tremenda facilidad. Mientras unos no pueden fallar y han de destacar siempre para poder ser seleccionados, a otros el rasero les queda mucho más bajo. Ejemplos hay en la lista de Luis Enrique, como los hubo desde siempre en las de tantos seleccionadores.

Lo que sucede en el fútbol pasa en muchos otros sectores. Diría que en cualquiera. Recuerdo, por ejemplo, por tenerlo cerca, y en plena Feria del Libro de Sevilla, cuánta diferencia hay entre ser escritor residente en Madrid o en Barcelona y vivir en Sevilla, en provincias. Cuántos grandes escritores tiene la ciudad, y tantas otras provincias de la España invisible, y qué poco aparecen, como articulistas, por ejemplo, en los medios de los grandes grupos de comunicación de este país. Hay que ser muy bueno para asomar la cabeza, solo para asomarla, y qué poco reconocimiento se adquiere si al final uno no acaba medrando por la Corte.

Me pregunto qué méritos debería haber tenido Pablo Sarabia para desbancar a jugadores que no han dado un palo al agua en esta temporada, a los que se les agrió el merengue desde el principio y han arrastrado sus vergüenzas por estadios como el Sánchez Pizjuán, pero también por Vallecas y otros estadios menores. Allí estarán unos, paseando su tipito por la ciudad del fútbol, y aquí estará el otro, aquí o en Ibiza, que quizás solo pueda llegar a debutar en la selección si al fin se corrobora la temida espantá que nos tiene a los sevillistas con las carnes abiertas vistos los antecedentes.

A veces, muchas veces, la verdad, si soy sincero, cuando veo las tensiones separatistas que hay en España, me pregunto si este es un país justo. Y no lo digo en referencia a si Cataluña puede o no independizarse, sino a si la mayor parte del territorio ejercemos de comparsas en un estado absolutamente enfocado a que esos dos polos de tensión, Madrid y Barcelona, sean los únicos importantes. Me pregunto si para triunfar en cualquier profesión hay que hacer las maletas y olvidarte de tus raíces y, por tanto, también me pregunto si Pablo Sarabia tendría que marcharse a uno de los grandes para obtener el reconocimiento que sin duda merece y que se ha ganado a pulso temporada a temporada.

Hay una España vacía, con una despoblación galopante y que es un páramo en lo futbolístico, y una España vaciada, invisible, en la que los más destacados, los héroes, han de salir para poder buscarse las habichuelas. Y en el fútbol, como en la vida, cada temporada los mejores de la periferia han de hacer el petate para que esa España cicatera los reconozca. Y así será hasta que nosotros digamos basta, hasta que nos demos cuenta de una vez por todas que ellos, sin nosotros, no son nada. Pero nada de nada.

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