Me paro en esta colina con el honor y la suerte de sentirme sevillista por elección. Cuando llegué de Montevideo a esta bella ciudad podía elegir equipo, en mi caso no había una tradición familiar que nos condicionara (ya había sucedido en Montevideo, cuando mi padre eligió al Club Atlético Cerro por su camiseta con los colores de su Galicia natal como el equipo de toda la familia). De querer títulos podía haber sido del Madrid, del Barca. Podía elegir algo alternativo (pensé en el Cádiz), y hasta la historia me tentó con el Recreativo de Huelva (tenía buenos argumentos: ser el decano, Víctor Espárrago). Pero decidí esperar algunas señales. Tenía claro que iba a sentirlas. Conexiones que se transformarían en ese sentimiento que te une para siempre con unos colores. Los uruguayos lo tenemos claro cuando miramos la celeste: tu equipo es parte de tu identidad.

La primera señal llegó paseando por Nervión. Nos quedamos mirando el Estadio y mi pequeño hijo dijo: “Peñarol”. En efecto, señaló el escudo de los “carboneros” mezclados con otros como Boca Jrs., etc. Ver algo relacionado con tu país cuando estás lejos te hace sentir en casa. La segunda señal también vino de mi hijo, tenía tres años y vino de su nueva clase de pre escolar diciendo que Paco, su primer amigo en España y él, eran del Sevilla. Ambos llevaron esa elección hasta el día de hoy, cuando ya mayores de edad viajaron juntos a Inglaterra con sus camisetas en la mochila. La señal definitiva la vimos por televisión. Eran imágenes del festejo por el ascenso en la Puerta de Jerez. El lugar al que habíamos llegado al bajar del autobús que nos trajo del aeropuerto. Ahí estaban, Inti Podestá, Tabaré Silva, Marcelo Otero y los mejores jugadores del mundial sub 20 Nico Olivera y Marcelo Zalayeta. Sevilla y los uruguayos. No necesitaba más señales.

La historia sigue, se las iré contando, pero no es el objetivo de esta columna. Trataremos de aportar un punto de vista distinto, de un sevillista de corazón, pero además de un amante de este deporte que une a tantos pueblos. Un deporte mágico que hace grande a países pequeños o que logra que una ciudad del sur reine en Europa.

En este primer encuentro me gustaría contarles una breve historia. El escritor argentino Jorge Luis Borges decía que su paraíso era una biblioteca. En efecto parece lógico pensar, que cada uno tendrá un cielo a su medida, y en ese marco, no hay mejor premio para un hincha, que descubrir que en el más allá, hay fútbol todos los fines de semana.

Así le sucedió a un aficionado, que luego de su muerte se encontró en el cielo con uno de sus mejores amigos:

-Pero bueno, ya por estos lados, al menos te tengo una buena noticia ¡Aquí arriba hay fútbol!

Así, los dos “espíritus futboleros” fueron al Estadio. Los amigos se sentaron en las tribunas de nubes blancas a disfrutar el encuentro. En un momento del segundo tiempo se produce una falta en la mitad de la cancha. Un jugador anciano, de larga barba blanca, acomoda el balón y se perfila como para patear directamente al arco.

Sorprendido el recién llegado grita:

-Mira ese viejo, va a tirar al arco desde ahí ¿pero quién se cree?… ¿Dios?

-Es Dios -señala su amigo-. El problema es que se cree Bengoechea.

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