Enhorabuena, Hulio

Enhorabuena, Hulio

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No bastó con dar la cara

Los dos parones ligueros que llevamos esta temporada nos han sentado muy bien. A uno llegamos líderes y al otro segundos a un punto de la cabeza. Aunque hablando de cabeza, vaya dolor, vaya jaquecazo que tenemos por culpa de los vecinos. Qué rápido parecen haberse olvidado de sus accidentes. Si tuvieran un Gonalons en su plantilla, sabrían que quien se rompe una pierna puede romperse otra en un plisplás, pero nada, no aprenden.

Al vecino lo vimos el domingo poniéndose chorreando con su perro Hulio. Iban él y su primo merengue bajo un paraguas de propaganda de ACS, con más agujeros que la defensa de su equipo. Hulio desteñía bajo el aguacero.

― La verdad que el Chuchotint amarillo Marilyn no está muy conseguido, ¿verdad, Gan? ― comentó Jul al verlos poniéndose como sopas.

A pesar del chaparrón, venían muy contentos, riéndose de unos videos de Youtube que se mostraban en sus móviles. El vecino se reía de algún sketch del que llamaba “Moranco del Puerto”, quién sabe a qué se refería, y el primo no dejaba de presumir de la elegancia de un modelo de pasarela que jugaba en su equipo, célebre por su juego de codos.

Algo abochornados por la imagen tan patética, cruzamos a la acera contraria para que la cara no se nos pusiera del color de nuestra segunda equipación. Sin embargo, ellos se dieron cuenta de que nuestra estrategia.

― ¡Vecinos! ― gritó nuestro vecino, y no es redundancia, porque si él es nuestro vecino nosotros también lo somos de él, y de momento, de su primo también― ¿No vas a venir a saludar a los héroes del Nou Camp?

― ¿Ni a los próximos campeones de liga? Temblad, que os vamos a coger ya. Pero ya.

Era muy temprano para haber bebido, pero todo era posible en ciertos estados de euforia, esa alegría tan ajena a la realidad que tienen algunos a poco que la vida les levante el pie del pescuezo.

― ¿Cómo no, vecino?, ¿cómo no te íbamos a felicitar? ― exclamó Gan―. Te tenemos que felicitar doblemente, hombre. Bueno, darte las gracias y felicitarte sería más exacto. Darte las gracias por ganarle al Barça y quedarnos a un punto del liderazgo, y felicitarte porque si seguís así, pronto vais a estar entre los diez primeros.

No sé si fue por la respuesta de Gan o porque se había acabado el vídeo del moranco portuense, el caso es que se quedó paralizado mirando a Gan. Lo mismo le pasó a Hulio. Una gota del paraguas florentino cayó sobre el hocico del perro, que más que un orificio nasal perruno parecía los cuartos traseros de una avispa, al mezclarse el tinte canino con el negro del hocico.

― ¿Y a mí qué, no me felicitais? ― Era el primo rural quien preguntaba, en un tono que recordaba mucho a los habitantes de La Corte.

― ¿Y a ti por qué te tenemos que felicitar? ― No fue exactamente así lo que dijo Jul, qué bruto es, pero prefiero no transcribirlo a pesar de que nuestro rústico convecino no se dio por aludido, sin duda por esa tradición de los aficionados de su equipo, rurales o capitalinos, de hablar mucho y escuchar nada―. ¿Por haber vuelto a puestos de la Europa League?

Hulio, que debe de ser el listo de la casa, miró de forma compasiva, como solo mira un perro a un amo ayuno de inteligencia, o al primo de un amo, que más o menos es lo mismo. La lluvia arreciaba.

― ¡Casillas, selección! ― Gritó el primo, tanto en sentido familiar como neuronal.

― ¿Casillas selección?, ¿Casillas selección? ― repitió Jul, sacando la lengua hacia la derecha y mordiéndola mientras levantaba el puño.

Hulio se soltó y salió disparado hacia el portal. Desconozco si harto de los dueños que el dios de los perros le había concedido, asustado por la cara de Jul o porque estaba hasta sus partes pudendas de mojarse. Qué cruz la de este perro.

― Pero ¿qué dices…? ― Los puntos suspensivos aluden a un adjetivo que utilizó Jul, relacionado con los habitantes masculinos de un país situado al norte de China―. Echasteis a Casillas por la puerta de atrás, sin agradecerle los años que os salvó el trasero, igual que lo echasteis de la selección. ¿Ahora Casillas?

No tienen ni idea el trabajito que me costó interponerme. Llegué incluso a mojarme. Milagrosamente lo conseguí, aunque ello no impidió que cambiásemos los planes y nos fuéramos a la tienda del chino. No al Wanda Metropolitano, que ese nos quedaba muy lejos y solo tiene colchones, sino a otro que vende más cosas. Dudamos si repetir con el aceite o pasarnos directamente al ácido. En lo que sí estábamos todos de acuerdo fue en que al primo no lo queríamos ver más. ¡Hala, a Madrid!





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