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El txuletón palangana

Eduardo Cruz Acillona | El cristal con que se mira
Eduardo Cruz Acillona | El cristal con que se mira

Dado que lo más probable es que usted no me conozca de nada, comencemos por las presentaciones: Una vez me hice un selfie y salió Cruz.

Cumplido el trámite, vayamos a lo sustancial, que es hablar de fútbol.

Lo mismo que el Tour de Francia siempre me pilla echando la siesta, el arranque de la Liga me coincide con que estoy en la playa. Así, mientras lo de las bicicletas y los turmalets lo gestiono de manera estupenda y sobrada tirando de sofá y subconsciente, lo de encontrar un chiringuito donde ver el partido se puede convertir en tarea más ingente que lo de que el camello pase por el ojo de una aguja previamente perdida en un pajar.

Porque siempre está el establecimiento a rebosar de madrileños. Y donde digo madrileños quiero decir madridistas gritones, valga la redundancia. No basta con sus camisetas blancas serigrafiadas con el nombre de Cristiano (sí, todavía), no basta con sus bufandas vikingas ni con sus miradas condescendientes con el resto de seres humanos. No, tienen que repetir hasta la saciedad que ellos son “del Madrí”, así, con ese deje chulesco y pijo con el que antes juraban por Snoopy y ahora por el iPhone XS. Y se lo sueltan hasta al negro de dos metros quince con camiseta de los Celtics que lo más cerca que ha estado del fútbol es cuando vio una vez en televisión a Victoria Beckham desafinando con las Spice Girls en la final de una SuperBowl. La parte positiva es que esta gente tiene una pasmosa habilidad para asentarse en garitos cuya especialidad de la casa es el garrafón, por lo que nos ahorran más de una sorpresa y más de dos o tres visitas de urgencia al cuarto de baño. Todo suyo.

En la playa, en cualquier playa, también existe el local con el televisor en negro, el camarero justificando que se ha perdido momentáneamente la conexión, la pantalla mostrando el mensaje “No signal” y tu cerebro sugiriéndole al dueño que no estaría de más que abonara de una puñetera vez la cuota mensual.

Por último, están los chiringuitos abarrotados de guiris. Y donde digo guiris quiero decir británicos borrachos, valga la redundancia. Allí, con los conocimientos de inglés aprendidos durante las dos clases a las que asistí en CCC (justo hasta enterarme de que no, que no me regalarían la guitarra) uno se envalentona y pregunta si tenían pensado ver el partido del Sevilla. Te miran como si fueras la mosca que está a punto de colarse en el interior de sus cervezas de marca británica, se miran luego entre ellos y, seguramente, las carcajadas se escuchan hasta en los alrededores de la Peña Al Relente. Entonces te das la vuelta hacia la salida y sólo deseas que esas cervezas que se están tomando armonicen con sus sandalias con calcetines y se conviertan automáticamente en “unas malas pintas”.

Así que, al final, acabas donde siempre: en el bar del pueblo de toda la vida, el de los parroquianos autóctonos, con capacidad para un máximo de veinte de ellos, en el que cuelga de una de sus paredes, la de la entrada al comedor, una flamante bufanda del Mirandés, donde sirven unos txuletones de escándalo y donde muy mal se te tiene que dar para que no te inviten, como mínimo, a una cerveza.

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