No sé si por payo, pero en lo que a mí respecta, prefiero los buenos comienzos a los malos. Porque del futuro, nada sabemos, y ganar al principio me suena más a eso de aceitunita dentro, huesecito fuera, y que nos quiten lo bailao, que ya vendrán tiempos peores. Si vienen, que tampoco tienen por qué venir, pero ni porque nos vaya bien ahora nos tiene por qué seguir yendo bien, ni lo contrario o sus variantes. Baste recordar lo felices que estábamos a estas alturas, y mucho más adelante también, al son de las maracas de Machín, y cómo acabó la canción y el equipo, preso de una afonía futbolística que si no llega a ser por San Joaquín de Utrera nos deja en medio de aguas internacionales. De la clasificación, se entiende, no en las que sucumben los sueños de futuro de un continente entero al que explotamos y luego ignoramos. Por cierto, y ya que estamos, ¿conocen alguna oferta nueva de móviles que no exija fidelización? Yo pongo el coltán.

Como decía, dos de dos, y además, fuera de casa, donde siempre hemos cojeado bastante, donde se han enterrado buena parte de nuestros sueños de Champions de los últimos años. Ya creo que incluso superamos la estadística de algún año de Emery, creo recordar, y mira que hicimos buenas campañas con el guipuzcoano.

Y de guipuzcoano a guipuzcoano, ahorrándome la rima, y aunque todo pueda pasar en el futuro, hay motivos para la alegría que ojalá se refrenden cuando lleguen esos gallitos que están comenzando el calendario desplumados.

Entre los motivos para la alegría y la esperanza está, ya lo he comentado, ganar fuera de casa. Pero también, la competitividad, la solidaridad en el trabajo, la lucha por el balón. Debo reconocer que temía la visita a Granada, porque sabía de la lucha y noble agresividad de este equipo y recordaba cuánto se ha arrugado el nuestro ante conjuntos así en las últimas temporadas. Ojalá que tampoco se nos suban a la garganta los que dijimos cuando visitemos al trío lalala.

Pero, más allá de sistemas y de brío competitivo, mi gran esperanza, como escritor que aspiro a ser, es la palabra. Escuchar la entrevista en televisión a Joan Jordán al final del partido me ha supuesto un gran alborozo. Más allá de lo bien que se expresa, algo desgraciadamente poco común en su gremio, me entusiasmó su discurso, su sensatez no impostada tan ajena al fútbol, su sentido del equilibrio que tan bien proyecta en el terreno de juego. No soy entrenador ni aspiro a serlo, pero me pregunto, en un sistema como el que Lopetegui ha implantado, si no sería el regista que precisa el equipo, acompañado de Gudelj y Fernando como escuderos de lujo.

Es en los discursos donde se puede comenzar a adivinar hacia dónde va un equipo. Recuerdo que al hundimiento de Machín la pasada temporada le precedieron sus excusas ante los resultados (hemos competido hasta el minuto 80, fueron declaraciones suyas repetitivas ante derrotas contra Real Madrid o Barcelona que anticipaban la hecatombe). A día de hoy, no hay excusas porque no puede haberlas ante la inmaculada trayectoria del equipo, pero sí hay sentido de autocrítica, de reconocer cuánto falta aún para que la maquinaria sea aún más precisa.

Lo que nos depare el futuro, nadie lo sabe. Ante la estupefacción que supone que un futbolista como Dabbur pueda llegar a salir sin haber jugado jamás un partido oficial, parece que vamos a necesitar adelante algún futbolista que garantice goles. La defensa, que ha mostrado una fortaleza extraordinaria, mantiene incógnitas, no tanto por la capacidad de los que están como por la necesidad de que el banquillo garantice el rendimiento en una temporada larga y con partidos cada tres o cuatro días.

Y desde el banquillo, el desafío será mantener la intensidad competitiva de los que juegan y de los que no, que se redistribuyan esfuerzos y que se motive. Hasta ahora, son solo dos partidos, únicamente ha habido doce titulares. Manejar la motivación será un reto y para eso la plantilla debe redondearse.

Dicho esto, que nos quiten lo bailao. Que los puntos perdidos no vuelven y que una victoria da tres. Y tres por dos, son seis. Los que llevamos. ¡Viva el Sevilla, joé!

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