Fue Gan el primero en comentar el partido. En cuanto el árbitro pitó el final, con esa pose didáctica que gasta sobre todo a principios de temporada, sentenció:

Un comienzo muy sólido el de nuestro equipo.

Jul aún sudaba al recordar las ocasiones falladas. Minutos antes, había gritado cual energúmeno el gol de Nolito por la ventana que daba al pasillo de nuestra planta, sin recordar que en la casa de enfrente no había nadie salvo Hulio, el envejecido perro teñido de nuestro vecino, ya que este había tenido el valor de sacarse el carnet de su equipo y se había marchado con tiempo a las lindes de Bellavista.

Para ser sinceros, desconozco si Jul había gritado por recordarle a nuestro glauco vecino que habíamos abierto una brecha casi definitiva en la clasificación con el anterior campeón de liga, la misma que un rato después abriríamos también con el exequipo de Setién, Serra, Junior y Lo Celso, aunque en este caso únicamente para mantener una estadística más que centenaria. O, simplemente, que gritase para comenzar a importunar al ausente, ya que en esto de la guasa también hay que entrenar, también hay pretemporada. Lo cierto es que solo escuchamos los aullidos lastimeros de Hulio como respuesta, premonitorios sin duda de lo que acaecería en la primera jornada de roturas de carnets, y de Setién vuelve ya, que suponemos que comenzarían a suceder al otro lado de la ciudad un par de horas después. Pobre Hulio, qué vida lleva con 17 años que tiene de vida perra.

De pronto, se hizo el silencio. Pensábamos Gan y yo que Jul se había serenado, cuando de nuevo se reavivó su brote, aún más agudo, si ello era posible. Impossible is nothing dicen los patrocinadores de nuestras camisetas, así que aceptamos que esto pudiera suceder.

¡Nolito!, ¡Nolito! gritaba ahora, absolutamente poseído, de una forma tan desmesurada como si un aficionado del equipo que estuvo en la UVI viera ganar a los suyos un partido.

Pero no se conformó con vociferar y saltar sobre el sofá recién estrenado, cuyos muelles lo impulsaban como si fuera Gnagnon en un despeje. En segundos, dio un giro radical a su discurso, como si fuera Pedro Sánchez buscando apoyos a su gobierno.

— ¡Caparrós, Caparrós, Caparrós!

Gan me miró con un nítido gesto de preocupación, con la misma cara que pondría cualquier sevillista de ley al enterarse de que el siguiente partido nos lo va a pitar Mateu Lahoz. Sin cruzar ni una palabra siquiera, ambos pensamos que estaba delirando, que tras un tiempo extenso sin competición había olvidado por completo que don Joaquín ya no era nuestro director deportivo, sino que el frente teníamos de nuevo al rey de la selva futbolística, al León de San Fernando. ¡Grrrr!

— Jul, tranquilízate, que solo le hemos ganado al Espanyol, que ya no tiene ni Panda— intentó serenar Gan—. Que nos es para tanto.

Yo también iba a tomar la palabra con la intención de apaciguar lo que sin duda entendíamos que podría ser un brote esquizoide de melancolía utrerana. Lo que pasa es que la primera palabra que pronuncié, y fue sin querer, lo puedo jurar, palabrita del niño Jesús Navas, era miarma. Pensaba decirle:

— Miarma, cariño, serénate una mijita…

Pero fue decir miarma y sobrecogerme un temor, qué digo temor, un acojone total porque cambiara su discurso y se pusiera a vociferar aquello de que todos queremos que marque Ben Yedder, aumentando ese delirio que otros autores denominan machinismo, enfermedad que empieza muy fuerte y acaba en na de na, pero que nos podía haber destrozado el sofá y así provocar que el casero acabase definitivamente por echarnos del piso y convertirlo en un apartamento turístico para hooligans de los equipos visitantes.

Pero no fue así. Afortunadamente, no fue así. Gan y yo estábamos equivocados. El suyo era un homenaje a los caídos en la revolución leonina. Nolito, nos explicó luego, mientras tratábamos de volver a introducir los muelles del sofá nuevo en su sitio, era uno de los supervivientes de los fichajes que hizo un entrenador obligado a ser director técnico por hervirle la sangre roja, que tuvo que hacer lo que hizo sin ser su puesto, y al que parece que hemos olvidado ante el regreso del león a la sabana de Nervión.

¿Dónde está Joaquín?, nos preguntó Jul a Gan y a mí. Después de un largo silencio, en el que recordamos glóbulos blancos en la sangre roja, llegamos a la conclusión de que Joaquín estaba presente en la bota derecha de Nolito, recortando a la defensa españolista y colocando la pelota fuera del alcance de Diego López. Todo un ejemplo de resiliencia.

Los aficionados a veces somos muy desagradecidos. Pero Jul, con todo lo bruto que es, nos hizo agachar la cabeza con su comentario. Joaquín, ninguno de los tres te olvidamos.

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