De compras en el supermercado

De compras en el supermercado

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Este fin de semana Jul y Gan me han acompañado a hacer la compra, aprovechando el parón de la liga. La mayoría de las veces voy solo, pero esta vez han preferido venir a ver la selección, en la que no han jugado ninguno de los futbolistas de los dos primeros clasificados, y eso que por el sur somos tan pacientes que aún no nos hemos puesto el lazo verde en la solapa.

Teníamos muy claro que esta vez iríamos al LIDL, porque para qué queríamos MAS si habíamos llegado a lo máximo que podíamos aspirar y todos esperamos que esto no sea flor de un DIA. De camino al supermercado nos cruzamos con nuestro vecino bético, que con una mano sostenía la correa de su perro Hulio y con otra a su primo el madridista, el que había venido del pueblo a hacer un Máster. El primo traía muy mala cara, tan mala que me recordó a la que se le quedó a Lopetegui, e imagino que a él mismo, después del cabezazo de Manu García ante las mismas barbas hípster de Sergio Ramos en el último partido de liga, después de esquivar todos y cada uno de los tatuajes del zaguero de Camas. Gan, siempre tan educado, se interesó por la salud de nuestro nuevo vecino, cuyo aspecto recordaba más al de un nuevo cliente del tanatorio que a un futuro experto universitario.

– Venimos de la farmacia. Me ha debido sentar mal algo que comí anoche, quizás los merengues que me regalasteis anoche.

Los tres nos miramos extrañados.

– Vecino, no creo que sean los merengues -aclaró Jul-. Nosotros nos los hemos comido de tres en tres últimamente y no nos ha pasado nada. ¿No será que echas de menos tener una peña madridista cerca?

No le dio tiempo a responder. Tuvo que salir corriendo, como si persiguiera a Jesús Navas por la banda, en dirección a la portería de nuestra casa, que en ese momento se encontraba tan vacía como si el portero fuera Courtois. Nuestro vecino bético se quedó tan sorprendido como nosotros, pero no nos dio pie a continuar conversando.

– Bueno, os dejo -nos dijo, visiblemente incómodo junto a nosotros-  Tengo hora en el veterinario, a Hulio se le está yendo el tinte y voy a que le den una manita.

– Manita es la que os vais a llevar vosotros cuando vengáis al Pizjuán- masculló Jul en la despedida.

Antes de entrar en el LIDL también nos acercamos a la farmacia. Jul nos recordó que el bote que teníamos de Evacuol se había gastado. A mí me extrañó, la verdad, porque no recordaba que ninguno de nosotros hubiésemos estado estreñidos últimamente. Y hay recuerdos que el olfato no olvida, en especial los de Jul, que se huelen y se escuchan. Y más chocante me resultó escucharle pedir a la farmacéutica el frasco más grande que tuviera.

El LIDL estaba de lo más animado. Nos encontramos en el pasillo de fichajes con Pepe Castro y Caparrós, pero lo que había estaba congelado. Rafa el de Eindhoven llevaba el carro lleno de butifarras, que esperaba comerse el sábado. En el mueble de postres no había ni rastro de crema catalana y en la zona de frutas y verduras, varios Biris discutían sobre los ingredientes de la escalivada. Debido a que había gente envidiosa que pretendía comprar en el LIDL sin merecerlo, se había instalado un VAR para evitar cualquier tipo de ilegalidad.

De repente, Pepe Castro dejó solo a Caparrós en el pasillo de los fichajes, desesperado por su indecisión entre un defensa central o un medio centro, y nos adelantó por la derecha.

El presidente se colocó para nuestra sorpresa en una de las cajas. Como el que no quiere la cosa, comenzó a pregonar una oferta, según él irrechazable, tanto como la que hizo la Roma por N’Zonzi. en la que se ofrecía canjear el descuento de la Supercopa por cava del Penedés y un surtido de mostachones de Utrera. Preferimos utilizar otra caja y rechazamos mostrar la tarjeta de puntos, no fuera a ser que nos descontaran alguno.

Salimos del LIDL con la esperanza de volver en breve. Nos costó trabajo regresar a casa, porque Jul se había pasado comprando tomates para la tostada. Desde que subimos por el ascensor, y mucho más al adentrarnos en el pasillo de nuestra planta, comprobamos que al primo de nuestro vecino le quedaba más que a Gonalons para curarse. Y que el tinte del pobre Hulio despintaba más que Inui.





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