El triple pepinazo tan doloroso que sufrimos el viernes me hizo recordar otro ejemplo que trato a veces con mis alumnos, en referencia a cómo elegir la intervención a realizar para solucionar un problema medicamentoso.

Imagínense, les cuento, que un señor obeso nos interrumpe la clase. Abre la puerta, sudoroso, tambaleante, con una mano en el pecho que apenas disimula el paquete de tabaco que lleva en el bolsillo de la camisa. Cae al suelo, nos acercamos y huele a alcohol. Nos dice que le duele el pecho, que el brazo izquierdo lo siente adormecido… Está a punto de desvanecerse, pensamos que puede ser un infarto. Lo sospechamos, porque no somos médicos, somos expertos en evaluar la medicación, la cual, de existir, sin duda no está alcanzando los efectos deseados.

Imagínense, insisto, que en estas clases multidisciplinares, se acerca nuestro nutricionista a esta persona que probablemente se debata entre la vida y la muerte. Que se sienta a su lado y le recomienda bajar una treintena de kilos, modificar la dieta limitando el consumo de azúcares y grasas saturadas y eliminar la sal de la dieta y el alcohol. Incluso, si el programa informático de dietas lo tiene a mano y la impresora tiene papel, puede entregarle, o meterle por dentro de la camisa si ya no responde, un menú de comidas adaptado a sus circunstancias. Luego, tras levantarse, y para no marear más de lo que está al paciente, que sin duda se habría ganado con creces esa calificación, se aproxima nuestro experto en deshabituación tabáquica para proponerle diversas maneras para dejar de fumar, desde los chicles con nicotina a los parches, pasando por antidepresivos o hipnosis. Luego, por qué no, podría acercarse el farmacoterapéuta para evaluar su medicación, o el psicólogo para indagar en sus miedos y actitudes ante la vida para averiguar qué hay en su estado de ánimo que le haya llevado a esta situación y…

Sin duda, antes del siguiente profesional que se acercara, o probablemente en alguno de los pasos anteriores, el individuo habría pasado a mejor vida. ¿Eran intervenciones incorrectas? Ninguna, simplemente no era el momento de aplicarlas. Lo primero hubiera sido salvarle la vida, y por eso habría que haber llamado a urgencias y llevarlo a aquel lugar en el que residía nuestro eterno rival antes de que llegara don Manué y lo sacara de allí. Sí, a la UVI, donde trabajan profesionales especializados en urgencias que tratan de estabilizar, salvar y devolver a la vida a quienes los necesitan, para que luego otros, los médicos, enfermeras, farmacoterapéutas, nutricionistas, psicólogos, etc puedan trabajar en otras condiciones para evitar que la situación se repita o conduzca al camposanto, escenario este en el que el profesional de urgencias ya no interviene, porque no es su especialidad. La lección aprendida es que hay muchas intervenciones correctas pero que hay que elegir la apropiada para la situación.

¿Qué es lo que ha pasado en el Sevilla desde que fuimos eliminados de la Europa League? Probablemente que, de necesitarse una intervención, quizás no se eligió la más apropiada para lo que restaba de liga. El tiempo, la evolución táctica del fútbol, ha convertido a nuestro entrenador en un excelente especialista en urgencias, para inyectar testiculina intracraneal, para desfibrilar el corazón y que hierva la sangre roja, para levantar a un muerto si hace falta. Sin embargo, con tanta liga por delante, en la que se necesitan otras herramientas porque son otros los escenarios, quizás no fuera esta la intervención que precisaba el enfermo.

El partido frente al Leganés fue un ejercicio de impotencia desde el primer minuto. El equipo se dejó la piel de una forma tan honesta como infructuosa. Saltaron las costuras de la planificación deportiva, del sistema de juego e incluso de la selección de futbolistas para afrontar el choque. Todo era previsible, daba la sensación de que nos enfrentábamos a un súper equipo y solo era uno de los clubes que menos temporadas ha jugado en primera división. Como frente al Girona, como frente al Getafe. Si a esto se le une que la temporada comenzó un mes antes que para el resto de los equipos, que hubo quienes, como Banega o Mercado, llegaron de vacaciones directamente a competir, la guinda del desastre reciente está puesta. El equipo agoniza y sueña con que llegue el 19 de mayo, y más después de la victoria del Getafe.

Lo digo con dolor, porque un sevillista de la talla de don Joaquín Caparrós, que lo es todo, ha sido el responsable de la planificación, de los fichajes, de la destitución del técnico y de dar el paso adelante para tratar de enderezar el rumbo. No me siento más que sevillista que nadie, pero tampoco menos que el que más, y eso no me debe cegar a la hora de tratar de interpretar lo que está sucediendo. Me puedo equivocar, y sin duda juzgar lo realizado es mucho más fácil que tratar de confeccionar un equipo, pero creo que hay que decirlo.

Los bomberos deben apagar incendios, pero luego han de dejar paso a arquitectos que reconstruyan los daños. Y aquí seguimos todavía con la manguera enchufada y con un equipo que huele a chamusquina.

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