Quisiera dedicar esta primera intervención en La Colina de Nervión a Ben Yedder. Y es que siempre he tendido, imagino que siendo víctima de mis obsesiones, a asociar futbolistas con determinados escritores. Así, Cantona siempre fue Hemingway en mi mente; Maradona, el Baudelaire del Cono Sur y Paul Gascoigne un Dylan Thomas que ahogaba sus penas en bourbon.

Sin embargo, cada vez que veo marcar al franco tunecino Ben Yedder, me acuerdo de Albert Camus y pienso en los caprichos de la historia, en la sangre que acumulan los colonialismos y que, tras años de dominio, hasta de la mayor de las injusticias pueden surgir individuos excepcionales. Me rebelo, luego somos dijo Camus, y Ben Yedder cumple en cada gol con una rebelión feroz que exige reparaciones, una justicia poética con el sur resumida también en aquel pensamiento de Camus: África comienza en los Pirineos.

Hay muchos como Ben Yedder en los suburbios de las grandes ciudades, jóvenes acotados por un cordón sanitario que el norte les impone y del que sólo saldrán si se rebelan, con la palabra o con el gol, pero será esta una tarea difícil, pues como el propio Camus nos enseñó: la estupidez insiste siempre. Por ello, cada gol suyo es una victoria contra la estulticia, un ejercicio de virtuosismo que requiere crear espacios mentales donde golpear con ira la injusticia de las defensas opresoras. En Old Trafford pudimos comprobarlo, porque donde no hay esperanza, debemos inventarla.

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