CRÓNICAS RUSAS (fin)

Ha terminado el Campeonato del Mundo, con la victoria del equipo que representa a una nación de más de 66 millones de habitantes sobre el de otra de 4. El partido por el tercer puesto lo ganó el representante de una nación fracturada de 11 millones al de otra unida de cerca de 70. Atrás quedaron naciones de casi 150 millones como Rusia, de más de 200 como Brasil, y alguna, como Estados Unidos, que supera de largo los 300 millones de personas y de rifles, ni siquiera pudo clasificarse para disputar la fase final, derrotada por los países bananeros que le crecen en su patio trasero. Uno de los países destacados de la competición, Uruguay, bicampeona del mundo, no llega a los 3,5 millones.

Si nos referimos al Producto Interior Bruto (PIB) de los contendientes, el sexto y el septuagésimo noveno jugaron la final, mientras que la consolación la disputaron el quinto contra el vigésimo cuarto. Cinco de los diez primeros países no fueron a Rusia y otros tres cayeron en octavos de final como muy tarde.

En cuanto a lo cultural, y a pesar de que el mundo latino aporta solo 4 países entre los 20 primeros en la lista del PIB, ha vencido en 16 de los 21 campeonatos (7 europeos y 9 sudamericanos).

El fútbol de selección demuestra que cuando se dan condiciones de igualdad, cosa que no ocurre en el fútbol de clubes, la extensión, la población o la riqueza (tal y como se mide) no importa. No hay país grande o pequeño para aquello en lo que se puede competir en condiciones de igualdad. Son los valores propios del deporte los que posibilitan la victoria.

Y un dato más, para los amigos de la pureza étnica. Solo 6 de los 23 jugadores son hijos de franceses. 8 fueron de niños vecinos de los barrios marginales de la periferia parisina, un crisol de razas y etnias que poco tenían que ver con los espectadores galos que presenciaron la final, casi todos blancos como la leche de sus vacas. Así que ya puede tomar buena nota Matteo Salvini, ministro de interior italiano, bestia negra de inmigrantes y gitanos: o cambia de política o para el siguiente campeonato volverá a comerse una pizza su garganta profunda, y con mucho ajo. Hoy la pureza es la mezcla, no hay otra, por mucho que un ministro de país de emigrantes pretenda ignorar la historia y negar la evidencia.

Croacia, un país que emergió después de las salvajes guerras en las que el núcleo serbio de la antigua Yugoslavia regó de sangre y cadáveres la península balcánica, ha llegado mucho más lejos sola, y no solo en este mundial, ya que consiguió otro cuarto puesto con la generación que comandaban Suker y Prosinecki, que toda la antigua República yugoslava junta. Un país pequeño pero homogéneo, luchador y fuerte, es un ejemplo para el deporte, ya que no solo brilla por el fútbol, no en vano, ha dado a varios de los mejores baloncestistas de la historia.

Rusia 2018 nos demuestra a través del fútbol de selección que otro mundo es posible. Que no hay nación grande ni pequeña por mucho que digan las constituciones, si hay solidaridad, determinación y sacrificio por un bien superior como es el equipo, la patria. El éxito de Croacia o Bélgica, incluso la de una Inglaterra multirracial también de espectadores blancos, la victoria de Francia, se han basado en el equipo. El talento individual, grande en no pocos jugadores, nunca ha superado, ni de lejos, al valor de lo colectivo. Eso sí, por mucha igualdad que se produzca, en caso de duda, con VAR y sin VAR, también se favorece al rico. Siempre hay un pobre, en este caso árbitro argentino, dispuesto a entregarse a la causa de los poderosos. Y si no, que explique por qué no pitó el penalti a Mandzukic, fuera de juego en el primer gol francés y hacia quién despejó sus dudas en la pena máxima que dio el segundo tanto a Francia.

Todo lo que ha acontecido a nivel selección no lo volveremos a ver hasta dentro de cuatro años. Mientras tanto, nos quedan las competiciones de clubes, y eso, ay, es bien diferente. Sí, Croacia ha sido finalista del mundial, pero jamás, al menos mientras la competición sea la que es, llegará a colocar a uno de sus clubes en una final europea, al igual que un club de Senegal, Marruecos o Irán, difícilmente lograría estar siquiera en una tercera división de España, Inglaterra o Alemania, por citar ligas fuertes. Estas competiciones, en las que la diversidad étnica y económica alcanza también a las gradas, sí que están adulteradas por el dinero. A diferencia de mundiales y campeonatos continentales, en los que el pez chico se puede merendar uno tras otros a diferentes peces grandes, en las de clubes asistimos cada verano a espectáculos de canibalismo en cadena que dejan a la famélica legión de los equipos inferiores sin carnes que taparse con la nueva camiseta de la temporada. Si el mundial nos ofrece el reflejo del mundo que podría llegar a ser, el fútbol doméstico nos enseña el que, desgraciadamente, todavía es.

Gracias, Croacia, gracias Bélgica, gracias Uruguay o Senegal, por abrirnos los ojos y hacernos saber que la vida puede ser de otra forma y no de la única que nos la presentan los poderosos del mundo. Gracias, Francia por poner en valor la pureza extraordinaria de la diversidad. Gracias, fútbol, por darme valor para seguir luchando por intentar cambiar el mundo.

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