Querido Antonio,

Doce años han pasado ya desde que aquella fatídica noche el sevillismo te viera por última vez pisar el césped de Nervión. Doce años desde que el Sánchez-Pizjuán despidiera en duelo a su zurda de diamantes. Doce años… ¡Maldita sea, Antonio! Y parece que fue ayer. Será que con esto de cantar «Antonio Puerta» en cada partido parece que estamos jaleando una de tus carreras por la banda. Será que cada gol, cada victoria y cada remontada (¡ojalá hubieses estado en Valencia!) nos saben un poco a ti. Quizá sea que el sevillismo se sigue inspirando en ti… No lo sé, la verdad, aunque a veces, cuando veo a los nuestros en las gradas rajando sus gargantas, apretando con rabia sus puños, abrazándose y enjugando sus lágrimas, pienso que atraviesas con tu mano  nuestro pecho y con ella rodeas nuestros corazones, apretando con fuerza y cincelando en cada latido un poco más de pasión. Quizá sea eso, Antonio… Quizá sea que un poco de ti sigue dentro del alma del sevillismo.

Han pasado cosas, amigo, muchas cosas desde entonces. Como recordarás, de nuevo, una final nos esperaba, esta vez frente al Milan. Estábamos seguros de que tu aliento nos empujaría frente a los rivales, pero.. por desgracia, el abatimiento en el corazón de tus compañeros pudo más que el coraje. Lo siento, Antonio, no pudimos dedicártela. A decir verdad, no hemos vuelto a conseguir una de esas desde que te fuiste… y no será porque no hemos tenido ocasiones. Por suerte, pudiste levantar la Supercopa de España y degustar algo de las mieles antes del amargo trago que la vida te reservaba. Además, por no parecernos aquella gesta suficiente, hemos seguido adornando con plata las vitrinas del estadio, como a ti te habría gustado. Nos hicimos con la Copa del Rey en 2010, con la Europa League de 2014, 2015 y 2016, y han podido ser muchas más, te lo aseguro, pero en estos últimos años hemos aprendido que las finales también se pierden. Habrías disfrutado como nunca antes, Antonio… ya lo creo que sí.

Como se suele decir, no todo es un camino de rosas en esta vida. Aunque… bueno… que te lo digan a ti. Desde que Unai se fue, no hemos vuelto a tocar la gloria, aunque hemos estado muy cerca. Si te digo la verdad, estaba convencido de que con Sampaoli repetiríamos hazañas, pero me equivoqué. Por cierto, te habría encantado conocerlo y ser uno de sus jugadores. Su pasión por el fútbol sólo estaba a la altura de sevillistas de tu envergadura. Aun así, he de reconocer que el sevillismo ha estado un poco huérfano en estos años. Jesús se fue a Inglaterra y Monchi a Roma ¡Ya ves tú qué despropósito! Menos mal que Joaquín sí se quedó. Algunos le reprochan demasiado sus errores, pero “pa ti y pa mí”, ha evitado un par de veces que el Sevilla haga el camino de vuelta. Por suerte, ahora están todos (Jesús luce con orgullo tu 16) y hemos vuelto a ilusionarnos. En realidad, creo que nunca hemos perdido del todo la esperanza y la ilusión, sólo hacía falta que nos lo recordaran. Espero poder darte buenas noticias más temprano que tarde.

Te echamos de menos, Antonio. Ya ves que ni nuestros éxitos ni nuestros fracasos han dejado que te olvidemos. Al contrario, creo que nos han acercado un poco más a ti. ¡Ah, se me olvidaba! ¿Cómo está José Antonio? Supongo que cuando lo viste llegar se te helarían los huesos. Sí, a nosotros también. Posiblemente estará a tu lado mientras lees esta carta, así que dile que a él tampoco lo vamos a olvidar. Y es que, amigo Antonio, sois leyenda. Una leyenda eterna. Una leyenda grabada con hierro y fuego en el corazón del sevillismo. Una leyenda que ha guiado al Sevilla en los momentos de más oscuridad, presente en nuestro estadio, contada en cada bufanda, en cada bandera al viento, en cada nuevo sevillista. Seguiremos forjando la leyenda, seguiremos escribiendo líneas de oro en nuestra historia, por José Antonio, por el Sevilla… por ti.

Hasta pronto, Antonio ¡Que te vaya bien!

Afectuosamente: un sevillista ilusionado.

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