A esta é

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El balance de Monchi en Roma
El mercado supera al Sevilla
El futuro de Mercado podría cambiar

Cuando lean estas páginas me encontraré regresando de Uruguay, el país de Víctor Espárrago y de Pablo Bengoechea, de Nico Olivera y de Inti Podestá, de tantos otros jugadores charrúas que vinieron a nuestra casa, aunque estos, cada uno a su manera hayan sido los que de una u otra forma hayan contribuido a escribir páginas importantes de nuestra historia, una historia con mucha plata en este siglo, pero también plagada de esparto y de malos momentos en los que quienes poblamos las gradas no hemos fallado.

Recuerdo que también estaba fuera de Sevilla cuando nos proclamamos Supercampeones de Europa, en noche gloriosa frente al Barcelona. Es duro celebrar a solas, pero también lo es, y mucho, llorar como el jueves pasado, y más después de ver el gol postrero, inadmisible en un equipo con aspiraciones, imposible con alguien como Joaquín Caparrós a un costado del césped.

Definitivamente, Pablo Machín no acabó de entender este club. Lo digo con tristeza, con la decepción que sigue a esa ilusión renovada que había sentido con la rebelión del equipo el domingo pasado en nuestro estadio. Pero estábamos nosotros. Yo también en la lejanía, representado por la arenga de la grada. Creo que los jugadores quisieron y él no pudo. No supo. Ojalá que la aventura sevillista le haga reflexionar y aprender, porque si continúa en sus trece, en su obcecación castellana, su estela se diluirá como un azucarillo.

El viernes trajo la noticia antes de que esta se produjera de forma fehaciente, como si fuera Vitolo el que volviera a renovar por el Sevilla antes de salir por patas. Regresa Monchi, Caparrós vuelve a sentarse en el banquillo. Solo falta don Roberto Alés. Pareciera que él hubiera dado un golpe en la mesa, en su despacho del mas allá, para retomar el camino desde la casilla de salida, aunque sin telarañas en la caja. Ojalá Machín haya visto el partido frente al Español. Ojalá que si ha sido así se haya dado cuenta de que sí, de que era esto lo que había que hacer, que los jugadores mueran por los colores que defienden y el que está al costado muera con ellos. Tan sencillo, tan difícil.

Regresa nuestro León de San Fernando.  Con qué dolor nos dimos cuenta de que era él la pieza insustituible. No lo fueron, y porque se hicieron bien las cosas, ni don Roberto ni Del Nido, ni lo será Pepe Castro; tampoco el primer Caparrós, ni Juande ni Emery; ni Rakitic, Dani Alves, Sergio Ramos o Gameiro, por decir algunos de los que llegaron y se fueron al calor efímero de los billetes. Era don Ramón, era él la piedra angular del proyecto. Y vuelve a su casa.

Lo que sucederá en el futuro, nadie lo sabe, pero apuesto que a los verdaderos sevillistas esto les importa, pero no tanto. Ha vuelto el espíritu y el orgullo, y los cuidadores de la grama de los campos en los que juguemos tendrán que recoger tiras de piel, colgajos de epidermis de nuestros futbolistas al acabar los partidos. Uno de los más jóvenes, Juan Soriano, ha dado el ejemplo. ¿Tarjeta roja? Povale, hemos ganado, ¿no?

Pronto vendrá la Semana Santa, una fiesta cuyo secreto en Sevilla, en Andalucía, diría yo, no es lo religioso, ni siquiera lo cultural o folclórico, sino todo cuanto tiene de regreso a la infancia, de volver a aquel lugar, de revivir aquel momento, en el que fuimos felices porque la desgracia, la maldad eran algo que entonces no tenía cabida en nuestra existencia. La vida era el abrazo de nuestra madre, la mano protectora de nuestro padre, el tazón de leche migá de nuestra abuela. Con Monchi y Caparrós regresamos a aquel día, aquel lugar en el que la vida era color de rosa. Y sí, lo fuimos en Eindhoven o en Glasgow, por supuesto, pero no podemos olvidar, porque nuestros genes nacen de trabajadores de la Sevilla Water Company, aquellos días de David Castedo, Notario, Pablo Alfaro o Javi Navarro, de Inti Podestá y el Nico Oliveira, de Casquero y de Gallardo.

El Sevilla vuelve a ser antipático, porque antipática es la Andalucía que se rebela, la que no cuenta chistes ante la tragedia humana de sus niveles de paro y pobreza. La Andalucía de pandereta y simpatía, la que hase grasia y eterniza su papel de bufona no tiene cabida aquí. Si la quieren encontrar pueden buscarla en YouTube. Escriben “mamarracho rubio teñido envuelto en una toalla” y lo encontrarán. No falla, seguro. En esta acera volvemos a tener el cuchillo en la boca. Y matamos. Y morimos. No queda otra. A esta é.

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